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Vinos: ¿Qué bebería hoy Dionisos?
Cuando las vacaciones son viajeras, y se disfrutan en países adecuados, ofrecen estupendas oportunidades de probar vinos imposibles de encontrar desde casa. Eso me ha ocurrido a mí este verano con los vinos griegos, o para ser más precisos, con los de la isla de Paros, puesto que para dos semanas no era cuestión de pretender abarcar toda la gama de vinos que se producen por todas las regiones de Grecia, ni siquiera los de las demás islas egeas, que incluyen también, con denominaciones de origen, los de Creta, Santorini, Samos, Lemnos y Rodas. El criterio de centrarse en lo local permite al menos llegar a conocer mejor el terreno que pisas, las uvas de la tierra hechas vino, y deja un gusto de comunión profana con el lugar y con su ambiente. No es que los griegos inventaran el vino, algo que debió ocurrir en algún lugar del oriente próximo unos miles de años antes de su aparición en la Historia, pero lo que sí es seguro es que ellos fueron los principales responsables de su introducción por todas las costas mediterráneas a las que llegaron sus colonias y sus emporios (Ampurias, sin ir más lejos). De hecho, junto con el trigo, el aceite de oliva y el vino, transportados por barco en ánforas, constituyeron los primeros artículos de comercio en gran escala de los que se tiene noticia. Por lo que sabemos, los vinos de los antiguos griegos se diferenciaban en bastantes aspectos de los que solemos tomar hoy. Para evitar las pérdidas por exudación, se acostumbraba a impregnar los recipientes de barro con resina de pino que daba al vino un sabor característico, presente todavía hoy en un 20% de los blancos jóvenes, los típicos retsina, que se fermentan a propósito con trozos de esta sustancia. Pocos de los que no estamos acostumbrados llegamos a entusiasmarnos con el gusto a trementina, a no ser que lo acompañemos con mucha música y danzas de sirtaki, pero lo cierto es que los griegos hicieron virtud de la necesidad, porque además, a falta de otras técnicas antisépticas, la resina proporcionaba cierta protección contra las bacterias que originan el vinagre. Aún así, es poco probable que entre vendimia y vendimia el vino no llegara a las mesas algo picado, lo que explica en buena parte la afición de aquellos griegos a mezclarlo con miel, frutas, yerbas, o simplemente agua. En los días calurosos el vinagre aguado se podía considerar una especie de refresco popular, y si a Cristo le fue ofrecido este brebaje en la cruz con una esponja, no debemos verlo como parte del tormento, sino más bien como gentileza de sus verdugos. Los antiguos romanos completaron y perfeccionaron la labor de los griegos, extendiendo la cultura del vino por el interior de sus provincias y mejorando las técnicas de conservación. Por ejemplo, las ánforas romanas no solían usar resina, sino pastas cerámicas con plomo que, según algunos historiadores, contribuyeron a la caída del imperio al envenenar lentamente a la clase dominante, consumidora de buenos vinos de crianza. Volviendo a este verano en Paros, si Dionisos, el Baco de los romanos, montara ahora aquí sus bacanales, ya no tendría que hacerlo con los vinos de retsina, y podría escoger, aunque no mucho, entre las dos únicas bodegas que elaboran vinos modernos en los dos pueblos principales de la isla, Parikia y Naussa. La base fundamental de los actuales vinos griegos sigue estando en sus propias variedades de uvas, preservadas desde la antigüedad clásica, aunque también ahora empiezan a aparecer viñedos de las inevitables cabernet-sauvignon, y demás cepas de moda. Alguna de esas variedades han tenido también difusión en el resto del mundo, como la malvasía (monemvasia) que fue descubierta, ya en la Edad Media, por los comerciantes venecianos. En Paros predomina esta uva para los vinos blancos y la llamada mandilaria para los tintos, y ambos tipos se elaboran aquí en la Enosi Agrikoloi, o sea la cooperativa agrícola, de Parikia, y en la bodega privada Moraitis de Naussa. Los blancos quedan algo cortos y faltos de acidez. La cooperativa los elabora en dos calidades, según sean del primer mosto o del más prensado, y el primero luce algo del aroma meloso de la malvasía. Resultaron agradables bien frescos para acompañar al pulpo y a las caballas que se pescan desde el puertecito de Naussa, pero sin mayores aspavientos. De los tintos, el más recomendable es el de tres años del bodeguero Moraitis, suavizado por su crianza en barricas. Todo indica que Grecia está llegando también, aunque con cierto retraso, a las innovaciones tecnológicas que por todas partes inciden en el mundo del vino. El turismo contribuirá, sin duda, a que sus productos puedan irse conociendo en otros países consumidores. Eso sí, el propio turismo, y ahora el paso de la vieja dracma a la moneda comunitaria, elevan precios, y este año en Paros se van ya cinco o seis euros con cualquier botella autóctona. El alegre culto dionisíaco sigue vivo, pero hay que pasar por el cajero. BIT 135/SEPTIEMBRE-OCTUBRE 2002 94 ¿Qué bebería hoy Dionisos? V i n o s 1 Manuel Gamella U
30 oct 2015