Salud digital. La inteligencia artificial no viene a sustituirnos: viene a curarnos
Pertenezco a una generación, la de los nacidos en los sesenta y setenta del pasado siglo, que ha vivido muchas revoluciones. Tecnológicas, afortunadamente, no de las otras. Cuando yo era niño, en las casas había teléfono, televisión, enciclopedia, y poco más. Hoy llevo en el bolsillo un potente ordenador conectado permanentemente a internet, acompañado de múltiples aplicaciones que ofrecen toda la información del mundo y me conectan a todas las personas. Y todo ello aderezado con una inteligencia artificial (IA) que, por momentos, me parece más lista que yo.
Pero de todas, acompañando al ordenador, el teléfono móvil, internet y el smartphone, parece haber surgido un hermano mayor cualitativamente diferente: la IA. Y no es que sea nada nuevo. Podemos rastrear sus orígenes fácilmente hasta la primera mitad del siglo pasado. Pero, como con las cuatro herramientas antes mencionadas, su uso a escala dependía de que el desarrollo tecnológico, la usabilidad y el valor aportado alcanzasen su madurez. Ya llegó.
¿Y por qué es esta revolución diferente de las anteriores? Si separamos el polvo de la paja en las noticias sensacionalistas, la clave es el impacto que puede tener en nuestras vidas. Las anteriores eran herramientas llamadas a ayudarnos; esta amenaza con sustituirnos, y llena los noticiarios de falsos profetas que vaticinan nuestro relevo en el mercado laboral.
El proyecto BRIGHTskills reúne a universidades, asociaciones industriales, centros de formación profesional, pymes y centros de investigación de once países
Bien. Sí. Y no. Los episodios anteriores nos enseñan que la evolución tecnológica, traducida en inversión empresarial y pública, se ha saldado normalmente en incrementos de la productividad y del producto interior bruto, no en despidos masivos. Pero algo ha cambiado: hoy, por primera vez, la IA no sirve solo para jugar al ajedrez o al go. Hace trabajo de verdad. Eso no llevará a menos empleo; llevará a otro empleo, a que cambiemos de tarea. Sin ingenuidad, porque ese cambio puede traer también peores condiciones laborales, la precarización que ya he tratado en trabajos anteriores. Pero sin catastrofismo.
Y ahí está el giro que da sentido a este Especial sobre salud digital. La IA no viene a sustituirnos: viene a curarnos. El debate público la ha reducido a una cuestión de productividad y de puestos de trabajo, cuando su promesa real es otra, mucho mayor: mejorar nuestra vida.
La salud digital es el ejemplo paradigmático. La inmensa potencialidad que nos ofrece esta tecnología puede usarse para mejorar los diagnósticos, adelantar la identificación de enfermedades raras, limpiar y codificar las historias clínicas electrónicas, segmentar tumores para su tratamiento personalizado, predecir el comportamiento de las epidemias… y otras cosas que hoy aún no somos capaces ni de imaginar.
Pero nada de eso ocurre sólo con algoritmos. Exige datos ordenados e interoperables, procesos rediseñados, tecnología que funcione en el mundo real de un hospital y profesionales —clínicos e ingenieros— con competencias nuevas. Exige, en definitiva, ingeniería.
A lo largo de las próximas páginas de este Especial de la revista BIT verás cómo un conjunto de compañeros y compañeras del Colegio coinciden conmigo, cada uno desde su ámbito, en que la sanidad está a punto de vivir una revolución más. Pero esta vez, una revolución para bien, para conseguir una sanidad más eficiente, más humana y sostenible.