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Mas productividad e innovación sí, claro ¿Pero cómo?
Más productividad e innovación sí, claro ¿Pero cómo? Alejandro Macarrón Larumbe Ingeniero de telecomunicación y consultor de estrategia empresarial Últimamente todo político, empresario o economista español que se precie repite constantemente el mantra de que nuestro país necesita mejorar su productividad e incrementar el esfuerzo nacional en el desarrollo de tecnologías propias. En este artículo ofrecemos una visión personal del asunto, tanto del diagnóstico como de algunas posibles soluciones. PRODUCTIVIDAD Es innegable que la economía española no merece la medalla de oro mundial en productividad, pero tampoco está tan mal como sugieren algunos agoreros, especialmente si nos fijamos sólo en el sector privado. De hecho, en telecomunicaciones, “nuestra” Telefónica figura en cabeza de los rankings internacionales en número de líneas telefónicas por empleado, el indicador más característico de productividad de las operadoras telefónicas. Y algo parecido sucede con muchas otras empresas españolas, que tienen una productividad en línea -y a veces incluso superior, como sucede con nuestros bancos- con la de las compañías extranjeras de referencia en sus respectivos mercados. Pero el sector público en su conjunto ya es harina de otro costal, y supone un lastre apreciable para nuestras cifras globales de productividad. Ahora bien, para mejorar la productividad no es preciso que nuestros empresarios sean genios de la innovación. En teoría, bastaría con que nuestras empresas y organizaciones productivas –incluyendo las del sector público- usasen más y mejor la abundante tecnología disponible en el mercado, ajustasen sus plantillas a lo que requieran sus volúmenes de producción, y formasen, organizasen y motivasen de forma adecuada a sus trabajadores (entre otras cosas, ligando la retribución a la propia productividad). Nada de eso es trivial de lograr, pero los hechos demuestran que muchas compañías españolas lo han conseguido en una medida similar a la de las empresas de países más desarrollados. En todo caso, si el gobierno quiere apostar a fondo por la productividad en España, puede tomar medidas que faciliten la inversión en nuevas tecnologías y que ayuden a mejorar la formación en nuestras empresas. También podría adoptar ciertas medidas o proporcionar incentivos para que las empresas gestionen mejor sus recursos humanos y los retribuyan según su productividad individual, si bien en esto es francamente complicado lograr algún impacto apreciable desde la Administración. Y, por supuesto, los administradores de la cosa pública tienen que esforzarse por hacer los deberes en su propia casa, tanto en las diversas administraciones (estatal, autonómica, municipal) como en esas empresas públicas que son un pozo sin fondo de recursos del contribuyente (RTVE, IZAR, HUNOSA, RENFE, etc.). Pero lo realmente difícil para cualquier gobierno en España -aunque justamente sea esencial para incrementar la productividad de nuestras empresas- es eliminar trabas a la flexibilidad laboral. A la baja, quiero decir, porque en cuanto a la flexibilidad al alza, como bien saben nuestros empresarios, no hay grandes obstáculos en España. Nadie les aplaude cuando contratan gente en sus empresas, pero tampoco se lo impiden ni les insultan. Pero, amigo, cuando las cosas vienen mal dadas y para su desgracia tienen que optar entre reducir personal o “perder hasta la camisa”, las cosas siguen siendo muy difíciles en nuestra querida patria. Cuesta mucho dinero, esfuerzos y sinsabores reajustar a la baja las plantillas. Y por supuesto, cuando una empresa va bien y gana buenos dineros, más le vale al empresario no despedir gente que ya no necesite (algo con lo que, justamente, crecería la productividad global de su plantilla). Si lo intenta, además de que será vilipendiado socialmente, probablemente los jueces de lo laboral le dirán que “no está justificado” y le impedirán hacerlo. Y claro, ante ese panorama, muchos empresarios españoles -para ahorrarse líos o sinsabores sin cuento- optan por que su empresa actúe de hecho como una institución de beneficencia social, manteniendo en su seno a empleados que no aportan lo que cuestan. O bien, deciden comprar “paz social” y se gastan un capitalito en incentivar la salida de la empresa del personal redundante -unos 50 millones de las antiguas pesetas por persona es el coste promedio estimado por algunas de nuestras mayores empresas, como Telefónica, en sus recientes procesos de incremento de la productividad mediante bajas incentivadas-, algo que en muchos casos costeamos en cierta medida todos los contribuyentes, en virtud de las famosas prejubilaciones. INNOVACIÓN En innovación, y sobre todo en la de tipo científico-tecnológico, el panorama patrio es mucho más sombrío que en productividad. Estamos en el furgón de cola de la UE, tanto en inversión como en lo que realmente duele: los resultados (ínfimo número de patentes, balanza de pagos tecnológica muy deficitaria, escasos beneficios de nuestras empresas debidos a tecnología propia). Pero tal vez lo más doloroso sea constatar que en esta materia no sólo gastamos poco, sino también mal, porque obtenemos resultados claramente inferiores a la media europea por cada euro invertido en investigación y desarrollo 1. Curiosamente, tal vez seamos los campeones mundiales en I+D en el ratio entre publicaciones científicas (en cuyo número per capita no estamos muy lejos de la media de la UE) y patentes (de las que generamos una cantidad raquítica en términos comparativos con los países de referencia). Muy llamativo. Esto parece indicar que a nuestros esforzados investigadores –probablemente, y de lejos, entre los peor pagados de Europa- les resulta mucho más fácil cumplir con lo que les exigen sus organizaciones y empresas mediante artículos y ponencias que desarrollar verdaderas novedades y patentarlas, para lo que se requieren los medios e incentivos adecuados con los que obtener resultados genuinamente innovadores y patentables. (Para el lector interesado en profundizar en estas tristes cifras, además de los informes de la Fundación COTEC, recomiendo el artículo “La I+D+i que hereda Zapatero”, publicado en “La Actualidad Económica” de 1 de abril de 2004). Por desgracia, las medidas de gobierno que más “suenan” para remediar esta carencia nacional –sobre todo, mayor gasto público en este renglón- resultarán populares, cómo no, pero son de dudosa eficacia, salvo que se diseñen y ejecuten con mucho mimo y buen tino. En efecto, añadir más madera a la caldera de la innovación en España a base de dinero público, sin más, haría muy felices a los beneficiarios de este rico maná (investigadores, empresas subsidiadas y suministradores de equipos y sistemas para la investigación, en su parte del león de origen norteamericano). Pero nadie garantiza que no sea dinero malgastado. Porque, ¿de verdad saben nuestros políticos y funcionarios invertir con provecho en ciencia e innovación tecnológica, de forma directa o mediante subvenciones? Hasta ahora, desde luego, no ha sido el caso con ninguno de los gobiernos que España ha conocido. Pero no son los únicos. Tampoco la generalidad de nuestras empresas privadas sobresalen por su buen hacer histórico en I+D. Pero creo que no es justo censurar con acritud a nuestros empresarios y administradores de la cosa pública: como no ven claro el rendimiento de las inversiones en I+D, prefieren no arriesgar mucho capital en ello, dando prioridad a otros destinos que perciben como más sensatos o seguros en el empleo de los –siempre limitados- caudales de que disponen. No les podremos dar un premio a la audacia o a la genialidad en este campo, dada su falta de empuje y de resultados, pero al menos son cuidadosos, evitan los despilfarros, y hacen lo que el 99% de los españoles con sus propias carreras profesionales: no poner muchos huevos en esta azarosa cesta de la I+D. Ya que la cosa “no se ve clara”, se invierte poquito. La buena noticia es que, como es evidente que nuestro sistema tradicional de incentivos públicos a la I+D ha fracasado, el gobierno ZP tiene una excelente oportunidad para replanteárselo desde cero. Veamos algunas sugerencias al respecto. Personalmente, creo que nos irá mejor en esta materia si el gobierno actúa como una especie de “entrenador y animador” nacional o director de orquesta, antes que como agente del propio gasto. Porque lo que más falta en España a la hora de invertir en I+D no es dinero –aquí hay capitales abundantes para invertir en todo lo que parezca buen negocio, como bien saben los empresarios del ladrillo- sino la percepción de que hacerlo es rentable. A este respecto, es sintomático que sólo un porcentaje ínfimo de la capitalización de nuestro Ibex-35 sea atribuible a beneficios empresariales derivados de tecnología propia, mientras que en el Dow Jones se acerque al 50%. Por eso, en EEUU, el éxito histórico en I+D estimula continuamente nuevas inversiones en innovación. Y en España, como nunca nos ha ido bien en ciencia y tecnología, seguimos con lo de Unamuno: que inventen (inviertan) otros. Porque nos faltan suficientes historias de éxito en investigación cercanas a nuestros corazoncitos que estimulen vocaciones y capitales españoles hacia el noble oficio de inventar, por muy favorable que sea el marco fiscal. Y las escasas –pero muy meritorias- que tenemos no encuentran mucho eco en nuestros medios de comunicación. Y ahí sí que puede hacerse mucho desde el gobierno. Por ejemplo, se podría sustituir o complementar en la TVE pública esa banalidad llamada “Operación Triunfo” con algo similar que estimule nuevas vocaciones humanas y financieras hacia el campo de la invención y la tecnología. Y también se podrían producir y emitir series de televisión en las que los héroes sean esos grandes científicos e ingenieros, extranjeros y españoles, que han hecho avanzar a la humanidad y a nuestro país, en vez de tanta teleserie como padecemos protagonizada por golfos, caraduras, fulanas y personajes sin valores. Eso sí que sería innovar en el empleo para fines de utilidad social de ese tradicional agujero negro de recursos públicos llamado RTVE. Puestos a incinerar cada año en TVE varios cientos de millones de euros del contribuyente, que por lo menos ese dinero nos ayude a progresar como sociedad (y algo parecido puede decirse de las televisiones autonómicas). En esta línea de crear ejemplos de éxito, y visto el fracaso del sistema tradicional de financiar muchos proyectitos, tal vez nos iría mejor si la Administración concentrase en los próximos años el gasto público directo en I+D en un número reducido de líneas de trabajo pero con mucho impacto potencial y notoriedad, cuyo éxito estimule que surjan muchas más iniciativas. Esto significaría que habría menos proyectos subvencionados o ejecutados por el Estado (aunque para no cerrar el paso a las empresas pequeñas se pudiese incentivar a las medianas y grandes a colaborar con ellas en estos trabajos), pero cada uno de ellos tendría verdadera masa crítica, podría ser controlado con propiedad por los organismos públicos que “paguen la fiesta”, y tendría opciones de lograr algo grande. Considero asimismo más adecuado premiar desde la Administración sobre todo los resultados de la innovación -como se hace en países que sí saben de estas cosas- y no tanto el esfuerzo en sí. Por ejemplo, ahora que tanto nos preocupa la seguridad, fomentando y comprando desde la Administración innovaciones tecnológicas nacionales, desarrolladas a nuestra medida, para protegernos mejor de los terroristas y enemigos de nuestro sistema de convivencia (lo podemos llamar I+D para “defensa” o para “contraterrorismo”: qué más da). Finalmente, otra sugerencia a nuestros gobernantes es que no se obsesionen más de la cuenta con el porcentaje de inversión en I+D sobre PIB -ya que gastar más en innovación no implica necesariamente inventar más- sino con los indicadores de resultados de esa inversión, tales como patentes o regalías (perdón, royalties). COLOFÓN España se juega demasiado en el envite de seguir incrementando su productividad, y sobre todo, de ponerse al día en innovación tecnológica. Y si en el pasado hemos superado retos muy difíciles, también en esto podríamos mejorar de forma sustancial en los próximos años y décadas. Pero lograrlo requerirá voluntad, coraje e imaginación de parte de nuestros gobernantes, colaboración leal de la oposición política de turno, y un compromiso claro de nuestra sociedad, empezando por sus clases dirigentes, y por qué no decirlo, por los ingenieros, científicos y técnicos en general. Porque no lo vamos a conseguir si nos limitamos a aplicar las recetas fáciles que ya fracasaron en este empeño. Aunque incrementemos la dosis de lo mismo de siempre. Eso es seguro. 1 También es posible que nuestras cifras de gasto en I+D estén infladas, ya que muchas empresas disfrazan gastos corrientes como desembolsos en innovación tecnológica para poder cobrar las correspondientes subvenciones públicas, y porque, en todo caso, queda muy bien decir que se hace I+D. De ser así, la buena noticia sería que el rendimiento en España del dinero invertido en innovación no es en realidad tan bajo, y la mala, que el porcentaje de nuestro PIB dedicado a estos menesteres sería incluso inferior a las cifras oficiales.
30 oct 2015