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Música: la música es silencio
Música Luis Piedra del Palacio La Música es silencio Andaba yo estos días dándole vueltas al tema para este artículo cuando ha caído en mis manos un escrito de José Luis Martín Descalzo sobre el ruido y el silencio. Después de empezar diciendo que hemos tenido la desgracia de vivir en la época más ruidosa de la historia, y de desarrollar su idea con la profundidad y la agudeza que le caracteriza, inserta hacia el final el siguiente párrafo, que no me resisto a copiar: "Porque el verdadero silencio sólo se vuelve fecundo cuando permite un ahondamiento de la conciencia, un encuentro con lo más intenso de nosotros mismos". Creo que ese es el significado del silencio de la música. Porque aunque parezca paradoja, la música es silencio; silencio interior, fecundo silencio que nos cuestiona en lo profundo de nuestro ser, que relaja el alma del estruendo externo de la vida y del más grave estruendo interno -pasiones, ambiciones, preocupaciones, deseos, incoherencias— de nosotros mismos. También es silencio interior todo aquéllo en que la persona comienza a nacer de nuevo, en que se siente crecer espiritual y humanamente -un buen libro, una verdadera amistad, cualquier manifestación artística que alivie nuestra inquietud, una vocación profundamente enraizada y vivenciada-; pero para muchos el silencio le la música es la más levada expresión del trascendente del. que la música silencio para escuchada parece , porque la que se oye con alrededor es "música de fondo", o "música ambiental", o música le discoteca. Sin minusvalorar la función o relajante de una de estas músicas", o de otras paralelas, la verdadera música es otra cosa, y, para quedar en ella, dos de silencio: el y el interior. primero depende de iniciativa, y que sin él no el segundo. Pernos de buscarlo en a sala de conciertos o lado de nuestro equipo reproductor; isa búsqueda estará motivada por nuestro interés, por ese querer acercarnos a los que llena, —si hay un conocimiento previo—, 3 a lo que incite nuestra inquietud, —si ese es más o no -. En cuanto al segundo, el interior, 3s la esencia de la. Hay que estar a lo que la que escuchemos nos diga para poder ese silencio, esa comunicación —un caso más de "telecomunicación", se podría decir— que el compositor quiso dejar plasmada en su obra, y que se traducirá subjetivamente en las infinitas y matizadas sensaciones que la música es capaz de expresar, dependientes también del intérprete. Porque la peculiaridad de la música respecto a las otras Bellas Artes es que exige un tercer elemento, a veces distorsionante por desgracia, para que la música se haga realidad: el intérprete, puente imprescindible entre el compositor y el oyente. La música, en este aspecto del silencio que ella significa, no se puede intelectualizar ni explicar. Es una vivencia, y en este sentido cada uno sintonizaremos con nuestra distinta respuesta personal ante una misma obra. Viene aquí a propósito recordar esa conocida anécdota de Beethoven según la cual, en una ocasión en que el músico había interpretado ante un grupo de personas una de sus sonatas para piano, una dama le preguntó, después de elogiar superficialmente la obra: "Maestro, ¿y que ha querido significar con esta obra? Portoda respuesta, Beethoven se volvió a sentar al piano, repitió la audición de su sonata, y dijo: "Señora, significa esto". Quizá la más impresionante "música del silencio" que se ha creado sea el ultimo movimiento, "Adagio", de la Novena Sinfonía de Mahler, en donde la elocuencia de los silencios físicos señalados en la partitura tienen tanto o más valor que los sonidos reales, produciendo un clima de recogimiento enormemente personalizado. Es en el fondo una reflexión sobre la muerte como estímulo para empujarnos a vivir más y mejor, como dice Julien Green refiriéndose a Bach. También es importante el silencio contenido en la última de las Seis Piezas para piano, opus 19, de Schoenberg. Esta miniatura (no más de un minuto de duración) fue compuesta al regresar su autor del cementerio de Viena, donde había tenido lugar el entierro de Mahler. El ánimo de Schoenberg, agarrotado por el recuerdo de su amigo y maestro, no tuvo en esos momentos más desahogo que el puente espiritual de la vivencia musical común a ambos, y nos dejó una profunda reflexión, una impresionante reflexión sobre la tristeza esperanzada que le dominaba: Algo así como una dulce añoranza del amigo muerto. Pero podríamos citar muchos momentos "silenciosos" de la música. En realidad, todos lo son, cada uno a su modo. Incluso los más ruidosos y alegres, como por ejemplo el cuarto número, "La Celebración", déla Música para los reales Fuegos de Artificio, de Haendel, en donde la fanfarria de las trompetas, unida a la solemnidad de una rica percusión, nos comunica un sereno, fraternal y alegre deseo de comunión con los demás. O también, y en otra dimensión más interiorizada, cualquiera de los tiempos lentos de la música de cámara de Brahms. O también, el asombroso último tiempo de la Sinfonía Patética de Tchaikowsky, que después de la, un tanto externa y espectacular superficialidad del tercer tiempo, nos sume en una reparadora meditación sobre nosotros mismos. Y qué decir del Adagio de la Novena Sinfonía de Beethoven, o del Adagio Religioso (2o tiempo) del tercer Concierto para piano de Bartok, o del Kyrie y el Gloria de la Misa en Sí menor de Bach, o de la "Música callada" de Federico Mompou. O de o de y así hasta el infinito. Todos ellos, cada uno a su estilo, son en definitiva diferentes expresiones de oración, entendida en sus dimensiones humana y de diálogo con Dios. Y eso para mí es el silencio; el silencio de la música.
30 oct 2015