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Vinos: aprender bebiendo, beber aprendiendo (2)
Vinos Manuel Gamella Bacete Aprender bebiendo, beber aprendiendo 2 Tal como prometíamos en el número anterior vamos ya hoy a descorchar la botella que tan atentamente estuvimos curioseando. Tomemos el sacacorchos y al ataque. Pero, qué sacacorchos. Lo normal será que dispongamos del tipo tradicional de pincho helicoidal con algún sistema de palanca. Bien está, pero también hay otros. El mejor es el compuesto por dos láminas de acero que se introducen entre el tapón y el cuello de la botella y actuando como una de pinza permiten, con algo de práctica y habilidad, extraer el corcho intacto sin riesgo de que queden trocitos flotando en el vino. El peor que conozco, aunque hay que admitir su ingenio, es el que bombea aire a través de una aguja que perfora el corcho, haciéndolo salir por presión, pero alterando con aire disuelto el contenido. En cualquier caso, se use el que se use, tengamos cuidado de mover el sacacorchos y no la botella para evitar el peligro de enturbiarla. Ya está abierta y ante nosotros tenemos un corcho. No lo tiremos asi como asi, se trata de una pieza muy importante. Por excelente que sea un vino, un corcho corto lo adecuado es unos 4 cm. o defectuoso, hará que se pase de oxidación en el plazo de unos meses. Un corcho demasiado seco, lo que inevitablemente se consigue teniendo la botella de pie más de dos semanas, deja también pasar el aire de manera perniciosa. Por último, muchos corchos se agrietan con los años, permitiendo a veces el desarrollo de hongos y bacterias en los resquicios, o simplemente dando lugar a sobreoxidación. El resultado es que vinos que podrían aguantar bien 15 ó 20 años que mucha gente cree, se pasan o cogen gusto a moho antes, a menos que se les vuelva a encorchar alguna vez. De todo esto podemos hacernos una idea mediante una sencilla inspección de la prueba que tenernos en la mano y ante nuestras narices. Ha llegado el momento de poner nuestro vino a la vista. Para ello será mejor una copa estorbarnos con los dedos, a ser posible algo más cerrada por el borde que por el centro para que concentre más el aroma y pueda inclinarse sin que se derrame y, desde luego, lisa, incolora y transparente. Un profesional exigiría catavinos normalizados, pero son caros y se puede prescindir de ellos mientras sigamos en el campo amateur. Si se 1 sospecha la existencia de viejos por ejemplo, interesa agitar poco la botella, de ahí el invento de las cestillas que la mantienen inclinada y permiten servir con un movimiento mínimo. Sirvamos ahora, pero mejor poco, ya repetiremos después si nos gusta. Una copa a un tercio nos permitirá de momento observar el vino no sólo en volumen sino, inclinándole, en capa fina y contra un fondo blanco. Esta es la mejor manera de apreciar el color del vino, a veces muy hermoso y además ilustrativo de su buena crianza. En efecto, la oxidación suave a través de la madera de las barricas va transformando los tonos amarillentos y verdosos de oro viejo y los cerezas y morados de los tintos jóvenes en tejas y anaranjados de intensidad creciente con el tiempo Si el vino está limpio su aspecto debe ser brillante moviéndolo un poco veremos si se forman lágrimas en el cristal, lo que indicana un alto contenido de alcohol o de azúcar la formación de pequeñas burbujas indica una retención de gas carbónico, característica de algunos tipos de vinos y se trata de un espumoso la continuidad y homogeneidad del desprendimiento de burbujas indican una correcta elaboración. Tras la vista vamos al olfato, pero tengamos en cuenta algunas consideraciones. En primer lugar parece esquema de clasificación que nos permita poner algo de orden de la multitud enorme de olores distintos que los .vinos pueden arrojarnos. Recomiendo una división clásica que tiene la ventaja de facilitar ciertas deducciones. Llamaremos aromas primarios a los que pueden reconocerse como propios de los mostos con los que se hizo la elaboración, se originan durante el proceso de transformación en vino y terciarios a los que se desarrollan en el vino ya elaborado por su crianza o evolución en depósitos, cubas y botellas. En segundo lugar vamos a decir algo de las temperaturas. Las sustancias responsables de los aromas primarios y secundarios parecen ser lo bastante ligeras como para desprenderse bien al aire a temperaturas bajas así se explica que los buenos vinos jóvenes, que deben conservar estos aromas, resulten agradables y sabrosos sirviéndolos fríos fríos, no helados. Por el contrario, la mayor parte de los aromas terciarios sólo se desprenden bien a temperaturas más elevadas, por eso los vinos de crianza conviene consumirlos más bien templados chambres que dicen los franceses. En tercer lugar recordemos que los olores no sólo alcanzan la pituitaria de la nariz sino también desde et paladar a través de la garganta. Esto vale sobre todo para los terciarios, por lo que acabamos de decir sobre las temperaturas, y no deberemos olvidarlo cuando tengamos el vino en la boca. Ahora ya sabemos lo suficiente para, en la próxima revista, olfatear nuestro vino de manera provechosa.
30 oct 2015