TIEMPO LIBRE Filosofía Descartes y la Filosofía moderna La modernidad, que empieza a contarse desde Galileo, rompe el sentido que Aristóteles hab ía dado al universo. Para el filósofo griego, la presencia de los objetos es un presupuesto absolutamente necesario, . aunque esa presencia cumpla el papel de esconder la verdadera forma de ser que poseen las cosas. Aristóteles siente lo que ve como un algo que hay que descubrir, que hay que revelar al pensamiento, cuya función ha de ser, precisamente, procurar que los objetos sensibles dejen salir la esencia oculta que se encierra en su interior. Pero, para desvelar, es necesario partir de la presencia física de los objetos: lo oculto no se revela si no se da antes en manifestaciones materiales. Encontrar, pues, la esencia de "algo" presupone un "algo" en existencia. Las cosas, como tales, lo que hacen es mantener la coherencia de las cualidades que poseen, haciéndolas visibles para que el pensamiento sepa de ellas. De esta forma, las cosas no se pueden reducir, no pueden perder ninguna de esas cualidades, que son precisamente las que las hacen ser lo que son. No es posible, por ejemplo, que un objeto pueda no tener un lugar, no padecer las acciones de otro objeto, no darse como color o sonido; no puede, en definitiva, perder los accidentes a través de los cuales se manifiesta sensiblemente, porque la presencia sensible es una parte constitutiva del propio conocimiento. Pensando como Aristóteles, los objetos que llamamos "cosas" están en el mundo para constituirlo como naturaleza, y no se puede cambiar su estructura porque el mundo es una entidad sólo pensable bajo los supuestos de "lo intacto". Pero la modernidad, cuando llega con Galileo, determina que el orden del mundo se puede encerrar en un discurso matemático; que la presencia de las cosas, representada por sus cualidades, no es decisiva a la hora de hablar sobre el consistir del mundo. La armonía de los modernos no es una mera relación entre naturaleza y pensar, donde se conservan las disposiciones propias que la naturaleza tiene, sino un enunciado mental que manifiesta el "cuánto" en que se dan esas relaciones. Este proceder reduce la cosidad -lo que la cosa esa mera extensión; hace de ella un cuerpo que no tiene, como partes esenciales de sí mismo, las cualidades del color, de la belleza o de cualquier otra atribución de carácter sensual. Sólo el espacio y sus operaciones entran en la construcción rigurosa del mundo, cuya concepción ha partido de principios, axiomas y demostraciones propias de las especies matemáticas. Se puede decir que Galileo -con la introducción del nuevo método- ha roto el sentido que el hombre ten ía del espacio que habitaba, espacio poblado, hasta entonces, de seres cuya existencia no depend ía exclusivamente de la cantidad de verdad matemática que poseyeran. El hombre nuevo tiene la mentalidad de un sabio que decreta, desde su interior soberano, lo que las cosas deben ser; la voluntad y la decisión se combinan con el rigor matemático para producir este orden privilegiado, donde el sujeto va a ocupar un lugar de excepción: el centro. Por eso, las cosas son desplazadas y reducidas, en última instancia, a cumplir el papel que le es asignado en el discurso de ahora; discurso que no tiene en cuenta ya el orden propio de la naturaleza. La revolución se ha producido en la mente, pero su efecto ha llegado hasta las cosas. Galileo fue realmente el creador, el iniciador de la moderna metodología científica, pero hacía falta extender los usos de la ciencia hacia el espacio genérico del conocimiento humano. Hacía falta que la técnica matemática se pudiera aplicar a la misma facultad de conocer; que la moralidad, la física, la mecánica, la medicina, etc. se pudieran reducir a las reglas de la axiomaticidad que prescrib ían las matemáticas y en las que ella misma basaba sus operaciones. Descartes va a ser -en F ilosofía- el artífice de la nueva presunción. El recoge los sentimientos más avanzados de la época y empieza a edificar una nueva construcción desde sus cimientos. Adelantar un paso significa, en la época del racional ismo, situarse en un campo vacío donde, en principio, no existe nada. Este espacio vacío lo produce la duda, que es el punto de partida, el acto inicial que debe preceder a todo intento justificativo del pensar. La realidad abierta al sujeto no es una mera catalogación de hechos recogidos al azar; para llegar a definir lo verdadero, es necesario, antes de nada, explicar las cond iciones dentro de las cuales se produce el acto del pensar. Descartes -al contrario que Aristóteles- no supone que el mundo y el hombre son dos realidades diferentes, separadas objetivamente. No se puede dar por supuesta, nos dice, la existencia de cosas que no ha sido. probada. Hay que saber si el pensar es verdaderamente un elemento irreductuble a cualquier prueba que se proponga demostrar su inexistencia; si resiste la prueba, nos encontraremos con una verdad inicial ya fundada, de la que no se podría dudar. De aqu í nace la famosa proposición cartesiana del "pienso, luego existo". La verdadera existencia no se produce en la realidad de los objetos, cuyo vivir es sólo propio en una secuencia temporal, sino en el reino objetivo de la mente. Vivir significa, según esto, tener una existencia verdadera, y es la verdad el elemento clave del pensamiento cartesiano. Desde este supuesto, la pregunta ¿en qué consisten las cosas? no puede ser respondida más que con una frase de este tipo: las cosas son según el ser del hombre, y su construcción pasa por lo que el sujeto humano determine que deben ser. Sin embargo, el "deber ser" ha de entenderse no como algo que deviene a la realidad por medio de la voluntad, sino como un "deber geométrico". La geometría es una ciencia que opera por principios y cuyos procesos, sus teoremas y sus reglas, se fundan en razones demostrativas. Ello quiere decir que todas las proposiciones de carácter geométrico pueden ser reducidas a axiomas. El método cartesiano -ca racter í st icamente geométrico- aplica las reglas de esta ciencia, en un uso universal, a cualquier realidad que se le presenta. Por eso, cuando tropieza con un objeto físico, se encuentra con que una parte del mismo -la materia- no se puede pensar según la regulación matemática. Ese objeto presenta una cara al pensar que es ajena a la propia función del mismo. Pese a ello, el pensar, aunque no debe proceder con esa clase de objetos como lo hace con los ejemplares matemáticos, sí puede actuar creando una suposición artificialmente aritmética; es decir, supone que la real idad de los objetos físicos es posible de operar por principios. Un ejemplo quizás pueda ayudarnos en la comprensión del sistema cartesiano. En cualquier teorema geométrico, se puede probar la existencia de un principio, si se conduce la razón ordenadamente. En el caso de un objeto físico -la sal común nos puede valer- el proceso de investigación lleva el análisis hasta explicar los elementos que la constituyen. Tanto el sodio como el cloro -elementos que la formanson principios necesarios para explicar lo que es la sal. Ambos actúan "como si" fueran principios auténticos; más, para serio, en una realidad demostrativa, habría que conocer, a su vez, de dónde devienen ellos mismos. La preguntí): ¿de dónde proceden? , es una pregunta que en la naturaleza consta de infinitos términos, mientras que, en el mundo geométrico, la misma pregunta se refiere siempre a un axioma, que es un principio Como Galileo, Descartes cree que los hechos son siempre elementos sometidos a la razón, verdadera constructora de la realidad y, al igual que aquél, sostiene la primacía del "sentido" sobre los actos que, por sí mismos, no explican nada: sólo manifiestan entidades individuales sin finalidad constatable. En el mundo de lo poi ítico, las acciones de los hombres son alcanzadas por la razón de forma lateral, casi simplista; los hombres, por la naturaleza de los hechos, actúan en el reino de la voluntad, movidos por la instantaneidad con que esos hechos se producen. Si nos parásemos a pensar demasiado sobre las razones de un acontecimiento que se está produciendo delante de nosotros, a lo mejor, cuando tuviéramos la solución del mismo, el suceso se habría desvanecido. Por eso, la actuación de la voluntad necesita de reglas más propias del arte que de la razón geométrica. La voluntad propia de los hechos sociales es escasamente cuantificable y las operaciones que se produceh en su territorio son, desde el punto de vista de la necesidad, insuficientes. En el campo de la moral, como ocurre en el terreno de la realidad física, las ideas no tienen claridad suficiente para crear argumentos movidos por la lógica de los axiomas. Evidentemente, el mundo que nos plantea Descartes aparece escind ido en dos realidades incomunicables; una de ellas -la del pensamiento- está formada por objetos mentales de la clase siguiente: número, tiempo, espacio, movimiento, figura. La otra -el mundo de lo extenso- compuesta por sensaciones, voluntad, juicio. Es necesario insistir en que las especificidades de cada substancia crean una zona vacía que separa las dos realidades. Sólo la presencia de Dios puede hacer transitable el camino del pensamiento y de las cosas. . La figura divina se convertirá así en un relojero -como dirá luego Leibniz- que acordará los dos mundos. Dios es, pues, quien va a justificar el hecho de que cuando yo considere una razón como suficiente, ésta lo sea, puesto que, para Descartes, es impensable la existencia de un Dios falaz o engañoso.