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Colaboradores: EN MI OPINIÓN. Virtualidades
EN MI OPINIÓN. Virtualidades Por Moncho Alpuente Gracias al vertiginoso progreso de las telecomunicaciones, al espectacular avance de la tecnología audiovisual, los redactores de los periódicos ya no tienen que arriesgarse a pisar las calles para ir a la busca de la noticia, exponiéndose a ser atropellados por un coche, aporreados por un guardia excesivamente entregado a su labor como para ir pidiendo carnets de prensa, o arrollados por una multitud reivindicativa y exaltada. Existe una amplia gama de "tams-tams" que cada día retransmiten con mayor velocidad y nitidez los eventos que acaecen en la aldea global. Hasta los más subdesarrollados y paupérrimos colectivos tienen su corralito delimitado en Internet donde clamar por sus derechos, siempre que paguen la cuota correspondiente, su peaje a las compañías que gestionan, administran y controlan las autopistas de la información. La realidad cada vez es más virtual y menos realidad, lo que ofrece insospechadas comodidades a los comunicadores conectados a una sofisticada red de electrodos que les transmiten las más mínimas vibraciones que se producen en cualquier punto del entramado. Tan múltiples y variados son los estímulos, tal es el cúmulo de informaciones que se perciben sin más necesidad que conectar la pantalla que abandonar el terminal para ir a buscar personalmente más información puede considerarse como afición morbosa y escasamente productiva pues con las informaciones que cotidianamente desembocan en las redacciones de los medios a través de ordenadores, faxes, teléfonos, satélites y demás artilugios, se podrían elaborar no uno sino decenas de periódicos y centenas de programas informativos de radio o televisión. El menú diario satisface a todos los gustos, ni los más selectos catadores podrían distinguir entre una guerra en Ruanda o en Nigeria, una hambruna en Burundi o en Somalia, entre un muerto afgano y uno checheno. En la cocina global y caníbal de los hipermercados de la información, las grandes agencias y los poderosos canales televisivos, se confecciona la dieta de los consumidores de noticias atendiendo a sus menores peculiaridades. Los perdedores de guerras olvidadas que nunca aparecen en la carta, los sufridores de genocidios poco fotogénicos no tienen nada que hacer sino se suscriben a Internet o secuestran a fotogénicos no tienen nada que hacer sino se suscriben a Internet o secuestran a un corresponsal de la CNN para que difunda sus batallas cotidianas. Lo mismo puede decirse de esa otra realidad más doméstica y cotidiana. En el mundo del futuro uno trabará contacto con su vecino de al lado a través de la pantalla del ordenador, hacerlo de otra manera sería faltar al protocolo y a las buenas costumbres. Encerrados en casa pero conectados a todas las terminales posibles, los ciudadanos virtuales vivirán en una perpetua alucinación, una alucinación tan realista que les hará ver como alucinaciones fantasmales los fragmentos de realidad que contemplen desde su ventana si alguna vez miran a través de ella y como reales los personajes bidimensionales formados en sus pantallas. Ante este panorama los responsables del menú virtual, los cocineros de las parrillas televisivas y los camareros de los medios de comunicación deberían hacer un esfuerzo por presentarnos un panorama más confortador, un mundo menos cruel, una alucinación más optimista. Puestos a construir un mundo imaginario no les constaría nada imaginárselo de otra manera, completar el puzzle con piezas más armónicas, inventar una quimera más amable, un universo menos hostil. Si no lo hacen quizás es porque temen perder clientela, porque saben que la audiencia necesita su dosis cotidiana de crímenes y aberraciones virtuales para conformarse en su infortunio personal y reconfortarse con el recuento de los males ajenos, que precisa autovoncencerse para no salir de su encierro más que lo imprescindible, con los ojos cerrados para no enfrentarse a los fantasmas de carne y hueso que viven en los resquicios de la realidad, en los ángulos muertos donde no llegan los ojos electrónicos. Ectoplasmas solo tolerables cuando se dejan atrapar desprevenidos fuera de sus madrigueras por las cámaras que los exhiben a modo de advertencia, caterva de monstruos que acechan a los insensatos que se atreven a sentir y palpar la realidad sin recurrir a intermediarios telemáticos.
30 oct 2015