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VINOS: MOROS Y CRISTIANOS
Manuel Gamella MOROS Y CRISTIANOS VINOS S EXTRAORDINARIO cómo el amor al vino puede unirse a otros amores. Una buena amiga asturiana, reinstalada en su tierra y a la que no veía en mucho tiempo, me proporcionó hace poco la mejor excusa para un reencuentro invitándome a dar una charla sobre el vino y la historia en la casa de la cultura de Cangas de Onís, al pie de Covadonga. Curioso sitio para hablar de vinos porque, aunque no falte entre asturianos la afición, Asturias es, sobre todo el reino de la buena sidra y una de las dos únicas regiones de la península, con la vecina Cantabria, en que la producción de vino es meramente testimonial (hay algo, como reliquia histórica, en Cangas del Narcea). Y, sin embargo, tuvo que haber vino en aquellos valles, al menos para que los curas-guerreros que mantuvieron la llama cristiana ante la marea musulmana, en el siglo VIII pudieran consagrarlo en sus misas y animarse en las batallas, hasta el punto de ver visiones, como la del apóstol Santiago descabezando moros desde su caballo blanco en la mítica trifulca de Clavijo. Podría pensarse que aquellos nuevos bárbaros del norte salvaron el buen vicio de la piedad abstemia de los árabes invasores, pero esto no es nada claro. En realidad la relación entre el Islam y el vino ha sido siempre mucho más ambigua de lo que habitualmente se cree por aquí. Así, en sus juicios sobre este tema el Corán resulta, cuanto menos, bastante contradictorio, como corresponde a una revelación para tribus nómadas que veían el vino como un lujo extraño, a la vez deseable y peligroso. Algunos versículos del libro sagrado lo presentan como tentación satánica, advirtiendo contra él como contra los juegos de azar, mientras que otros ensalzan como fruto de la benevolencia divina y lo sitúan como premio destacado en el paraíso. El primer califa, Abu Baqr, legisló sólo contra la embriaguez durante la oración, aunque otras escuelas posteriores promulgaron castigos contra la ingestión de una sola gota. La rápida expansión del Islam tras la muerte de Mahoma lo puso pronto en contacto con las culturas de vieja tradición vinícola en el cercano oriente, Persia y todo el arco mediterráneo. El resultado fue un conflicto que aún hoy dura y que no se resolvió a favor de los más rigoristas. Por un lado, la habitual tolerancia musulmana con las comunidades residuales de cristianos (como los mozárabes en España o los coptos egipcios) y judíos permitió el mantenimiento de viñedos y lagares, por otro, numerosos musulmanes, empezando por gran parte de sus clases dirigentes, se las apañaron para conciliar su fe con el aprecio más o menos público a los buenos vinos. A veces muy público, como puede observarse en la poesía medieval árabe y persa, que a menudo presta una relevante atención a los temas báquicos. El ejemplo más conocido en occidente son las famosas cuartetas (rubaiyyat) del persa Omar Jayyam, pero no hace falta irse tan lejos. La magnífica lírica andalusí trata abundantemente estos temas, reflejando los gustos de cortesanos y plebeyos, tanto en el califato cordobés como en los reinos posteriores. Tanto es así que una de las justificaciones para la invasión de la península por los fundamentalistas almorávides y almohades entre los siglos XI y XIII fue precisamente la de poner coto a los excesos bebedores de los reyezuelos de las taifas peninsulares. Sin embargo, ni siquiera la reacción africana pudo exterminar el hábito. Valga como muestra, entre muchas otras similares, el siguiente poema del valenciano Ibn Al-Zaqqaq (primera mitad del siglo XII): LA DUDA Me escancia con su diestra y con sus labios. A un lado y otro la embriaguez me lleva. A fuerza de apurar cáliz y boca, ya no sé, dulce amor, cuál es el vino. Ya nunca sabremos cuál habría sido la suerte de los vinos andalusíes en la actualidad. En los primeros días del año 1492 los ejércitos castellanos entraron en Granada y su rey Boabdil acabó exiliado en Marruecos, país donde, por cierto, se producen aún hoy algunos vinos de interés. Volviendo a Asturias, el acto cultural resultó lucido, aunque debo reconocer que como conferenciante jugaba con la importante ventaja de que tras la pura charla los organizadores habían preparado una cata práctica de cuatro vinos, y eso nunca falla, a menos que el material sea infecto. En este caso los vinos eran, al menos curiosos en su diversidad. La muestra eran tintos de diferentes regiones: Estola de Villarrobledo del 94, Torremilanos de Aranda del 94, Viña Alcorta riojano del 95 y Condestable de Jumilla cosecha indeterminada. Gustó más el Torremilanos, más típico de su origen (Ribera del Duero), y menos el Condestable, que era un simple vino mesa poco característico, sin efectos ni virtudes. El Estola es, sin duda, uno de los manchegos de gran tirada mejor elaborados, y en cuanto al Viña Alcorta, se trata del varietal de uva tempranillo de las conocidas bodegas Campo Viejo, aceptable sin mucho más. Ojalá Ibn Al-Zaqqaq y los suyos gocen en su paraíso de burbujeantes vinos como los que tanto disfrutaron en esta tierra. En cualquier caso, que les quiten lo bebido, y lo vivido, porque como dejó escrito el poeta valenciano en su epitafio: ¿No fue nuestro vivir una delicia?.
30 oct 2015