Artículo BIT
¿Sólo importan los precios?
Es un hecho que, al cabo de ocho años del comienzo del proceso de liberalización de las telecomunicaciones, el panorama no resulta recisamente positivo. ¿Sólo importan los precios? La política de la Unión Europea (UE), dirigida al impulso de la competencia, seguida con mayor o menor rigor por los respectivos gobiernos, ha dado lugar, con el paso del tiempo, a un sector carente del apoyo público suficiente, escasamente dinámico, constreñido, que con dificultad será capaz convertirse en uno de los que, antes o después, pueda estar llamado a sustituir al ladrillo, cuando la construcción decaiga, como motor de nuestra economía. Las medidas orientadas a aumentar la competencia han buscado una disminución de los precios de los servicios, con la idea de que esto es lo que beneficiaría al ciudadano, línea en la que, lógicamente, está la CMT (Comisión del Mercado de Telecomunicaciones). Una primera cuestión a considerar es si no nos encontramos demasiado en manos de las decisiones de los reguladores, porque ¿se beneficia al ciudadano logrando sólo que los precios bajen cada vez más? ¿Acaso es eso lo único importante? ¿El beneficio de un país se mide por la capacidad de reducir precios que tengan sus organismos reguladores? Para empezar, cabe preguntarse, si la competencia en España está tan necesitada, después de ocho años de liberalización, de más medidas liberalizadoras y, sobre todo, si el único problema que teníamos, y tenemos, es bajar permanentemente los precios de los servicios, que, por cierto, han descendido ya más de un 30 % en los últimos años, en este sector, en nuestro país. ¿Tiene alguien en cuenta las inversiones en infraestructuras, el empleo de calidad, la existencia de unos salarios dignos, la necesidad de mayores inversiones en I+D+i, la merma de calidad en los servicios que estamos sufriendo, la salud de nuestras empresas más competitivas, y los mayores impuestos que éstas generarían si no estuvieran permanentemente presionadas por cargas “regulatorias” y sus resultados no estuvieran siempre basados en un constante recorte de gastos? Si se tuvieran en cuenta todos estos indicadores, ¿no se beneficiaría más al ciudadano? ¿Tiene lógica que estemos consiguiendo, entre unos y otros, que las empresas de telecomunicación, a pesar de representar el sector con más futuro de la economía, hayan logrado alcanzar el dudoso éxito de situarse, desde que llegó la competencia, entre las que menos tasa de retorno de capital generan entre sus accionistas y las que hayan sufrido mayores pérdidas bursátiles, en su conjunto, en el 2005, yendo este año 2006 por el mismo camino? La memoria colectiva es muy débil y olvida que, en su día -no hace tanto- para “beneficiar” al usuario y a la sociedad en general, los gobiernos, con la aquiescencia de la UE, obligaron a las empresas de telefonía móvil a llevar a cabo impresionantes esfuerzos para poder operar en 3G comprando una licencia a precios astronómicos. La consecuencia de una medida tan contraria a las reglas del mercado ha sido la parálisis de la actividad empresarial, aquejada de enormes deudas y una nula inversión en nuevas infraestructuras y servicios. Una parálisis de la que empezamos a recuperarnos, después de casi cinco años. Pudiera ser que ahora estemos actuando de forma similar, obligando al mercado a asumir decisiones impuestas, reguladas, intervencionistas, actuaciones que abocan a las empresas que de verdad deberían interesar a este país a considerar sus estrategias, una vez más, a la baja. Cuestión que, probablemente, esté influyendo negativamente sobre la buena marcha de nuestra economía y, con seguridad, lo está haciendo en la de nuestro sector, en lo que a calidad de servicios, generación de empleo y de negocio se refiere. Que todo ello no tenga lugar dependerá, tal y como están las cosas, de la intervención que, en cada caso, tenga la CMT, a quien habrá que pedir un importante grado de responsabilidad estratégica en sus decisiones así como también una exigencia de auténtico valor añadido a cada nuevo operador entrante. A los profesionales nos va mucho en ello, pues seguimos apostando por un sector dinámico, generador de riqueza, inversor, innovador y capaz de impulsar, tanto nuestra economía como nuestro bienestar social. Y no nos parece que vayamos en esa dirección.
30 oct 2015