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VINOS 20 AÑOS (Y 46 ARTÍCULOS) DE VINOS
BIT Recomienda Manuel Gamella VINOS 20 AÑOS (Y 46 ARTÍCULOS) DE VINOS BUENO, en realidad sólo doce si nos referimos únicamente a la presencia en el BIT de esta sección que ha venido publicándose en dos etapas (1984-1986 y desde 1990 hasta ahora) de la vida de nuestra revista. Pero pensándolo bien, creo recordar (y si non e vero e ben trovato) que ya circulaba alguna botella, aunque fuera de tinto peleón cuando allá por los años 74 y 75 nos reuníamos un puñado de "jóvenes ingenieros", unas veces en mi casa, otras en las de Fernando Viles o Enrique Gutiérrez, para componer a golpe de tijera y pegamento aquellas hojas sueltas sobre "los nuevos problemas de la ingeniería" que bajo el primitivo logo del BIT constituyeron el embrión de lo que en 1976 pasó a ser la publicación como Dios manda que hoy cumple sus cien números. Es obvio que muchas cosas han cambiado en estos 20 años, además (¡ay!) de nuestra edad. Este país es, siempre en términos generales, más próspero y democrático, las tecnologías de la información y de las comunicaciones progresan y se difunden por los resquicios de nuestra sociedad para beneficio de todos y de nuestro oficio de ingenieros, y el vino que consumimos, aunque sea menos, aumenta, gracias a al combinación del impulso tecnológico y de la evolución de la demanda, en calidad y variedad. También en esto han aparecido con fuerza incipiente servicios avanzados en forma de tiendas y de bares de selección, y hasta en Internet proliferan, como ya sabemos, multitud de hipertextos sobre el tema. Y sin embargo, como decía no sé qué francés, plus ça change plus c"est la même chose. Repaso mis 46 artículos (47 con éste, sin contar alguno ya olvidado sobre política tecnológica) y compruebo que mis motivaciones esenciales siguen siendo las mismas. Escribo estas cosas porque literalmente me divierten, me llevan por caminos diversos guiado por el gusto y la curiosidad. Para algunos estas disgresiones pueden ser vicios, pero al menos este mío de los vinos resulta aún relativamente presentable en estas tierras, siempre que uno no se exceda. Hasta he montado mi propia tienda para que me salga gratis. No me resisto a ilustrar esta cosa de la motivación persistente reproduciendo el artículo que inauguró hace doce años esta sección. Como supongo que ya nadie lo recuerda puede pasar como nuevo. EL VINO Y CIERTAS FORMAS ELEVADAS DE CULTURA COMO ES BIEN SABIDO, siete u ocho milenios antes de Cristo, los pueblos que habitaban lo que hoy llamamos Cercano Oriente fueron pasando de depender del todo de una naturaleza indiferente, a ir apropiándose y transformando esa misma naturaleza -al menos en el marco limitado de su entorno-, para satisfacer así sus gustos y necesidades. Una serie de elementos naturales de esa área geográfica han acompañado desde entonces, adecuadamente dominados y transformados por la industria humana, a andadura de nuestra civilización. Pensemos en la oveja y la cabra, en el trigo y la cebada, las legumbres, el olivo, la vid. De todos ellos ninguno parece tan vinculado a la cultura como la vid a través de sus singular producto: el vino. Extendido primero por las costas mediterráneas por fenicio y griegos, luego al interior continental tras las legiones romanas, el vino y las prácticas asociadas a su producción y consumo, han ido dejando sus huellas en la mitología y en las religiones, en la literatura y en las artes, en la historia y en las costumbres. Los griegos inventaron el diálogo en torno a las cráteras de vino, cuya proporción con agua iba siendo regulada por el anfitrión de turno según el calor alcanzado por los debates. Los romanos buscaban en el vino la verdad, o al menos la alteración de conciencia necesaria para hacer aflorar en sus bacanales los impulsos que, largamente incubados, podían hacerse socialmente nocivos. Los cristianos transmutaron litúrgicamente el vino en sangre de Dios, reconociéndolo así como el más sublime de los líquidos. El vino sobrevivió y se impuso a las invasiones de los pueblos germánicos, bárbaros bebedores de cerveza, en buena medida gracias a los cuidados que, como materia imprescindible para su culto, le prestaron los monjes, dignos por ello de agradecimiento hasta para los más impenitentes pecadores. ¿Qué es lo que hace del vino una sustancia con tal potencial cultural? La respuesta más obvia -su poder embriagador- se nos revela excesivamente simplista ante el análisis más elemental. En efecto, son precisamente los pueblos más alejados de la cultura del vino -como los nórdicos- quiénes más directamente tienden a buscar en las bebidas alcohólicas la simple borrachera, concentrando su consumo en cortos períodos de tiempo -el fin de semana- y valorando por encima de todo las graduaciones elevadas. El autor de estas líneas fue testigo, por ejemplo, de la perplejidad de unos islandeses ante el hábito latino de desperdiciar el vino acompañando a las comidas en lugar de guardarlo todo para la buena curda de los viernes. Voy a apuntar sólo tres aspectos en los que creo que cabe buscar razones que expliquen la fuerte relación entre el vino y ciertas formas -elevadas- de cultura, principalmente las que tienen su origen en los países ribereños del Mediterráneo. En primer lugar, el consumo del vino supone un valoración de lo sensual, o si se quiere de lo festivo, frente a lo estrictamente utilitario, al revés de lo que suele suceder en culturas originarias de países donde la naturaleza es más fría u hostil. El vino trasciende al mero impulso de aplacar la sed, para el que resulta más directo el recurso del agua o de la cerveza, elevándolo al placer de distinguir y apreciar sabores más ricos y complejos. En segundo lugar, el vino, adecuadamente dosificado, demuestra ser un eficaz potenciador de la capacidad de extroversión y de comunicación humana, en contraste con las bebidas más ligeras, como la cerveza, que conducen rápidamente al hartazgo, o más fuertes, como los destilados, que llevan con facilidad al embotamiento intelectual. Por último, la cultura del vino, o con más propiedad, de los vinos, permite una valoración de la variedad en el gusto, de la diversidad frente a la uniformidad, sin comparación con cualquier otro producto. Basta, por poner un ejemplo, comparar un rioja de crianza con un albariño fresco para hacerse una idea de la inmensa riqueza de matices diferentes que pueden alcanzarse con la combinación de esos cuatro factores -suelo, clima, vidueño y tipo de elaboración- que dan origen a un buen vino. De todo esto irá (ha ido) tratando esta sección
30 oct 2015