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Cine: Dancing in the dark de Lars von Trier
Cine Vinos | Jazz | Cine | Libros Dancing in the dark de Lars von Trier Hablar, hoy día, de Lars von Trier pasa, inevitablemente, por una referencia previa al manifiesto (cinematográfico) Dogma 95. Y ello con independencia de que se vaya a hablar de películas que, como DANCING IN THE DARK (Bailando en la oscuridad) o BREAKING THE WAVES (Rompen las olas), por citar únicamente las más conocidas de este director, no disponen del “certificado Dogma 95” que garantizaría su total concepción bajo los planteamientos y presupuestos de aquel manifiesto. Pero, ¿quién es este Lars von Trier? ¿En qué consiste dicho certificado? ¿De donde viene ese manifiesto? ¿Existe un movimiento Dogma?... Contestar a estas preguntas, así como a otras que con toda seguridad surgirán del desarrollo/lectura de estos comentarios, es entrar de lleno en un círculo vicioso que gira alrededor de términos como espectáculo y tecnología que atraviesan prácticamente la mayoría del cine que vemos, o mejor dicho del cine que se nos permite ver, y no del cine que se hace. Ver y hacer son cosas que en el terreno de la mirada, y particularmente de lo cinematográfico, están muy lejos no ya de ser lo mismo sino de tan siquiera parecerse. Ahora bien, vayamos por partes. Lars von Trier, director de cine danés, autor de una docena de películas, mimado por los festivales de cine de aquí y allá, irrumpe en el panorama de “los directores a seguir” y por lo tanto de la notoriedad, otra vez el espectáculo, a partir de la presentación en Cannes 96 de su film BREAKING THE WAVES (gran premio del festival). Curiosamente en este mismo Festival se proyecta LA PROMESE (La promesa) de Luc y Jean-Pierre Dardenne, una producción belga sobre la inmigración, clara y explícitamente fuera de ese círculo al que anteriormente hacía referencia, que estalla, como un vómito, en la cara limpia y bien lavada de la Europa comunitaria, la Europa de las buenas maneras y la moneda única. De Lars von Trier ya se habían visto aquí THE ELEMENT OF CRIME (El elemento del crimen) y EUROPA. La primera de ellas pasó por las pantallas cinematográficas prácticamente inadvertida a pesar del llamativo ejercicio de estilo que conllevaba. Con BREAKING THE WAVES Lars von Trier inicia la trilogía del Corazón de Oro. La última entrega ha sido DANCING IN THE DARK (Gran Premio del Festival de Cannes 2000 y mejor film europeo del año 2000 –European Film Awards–). En medio su única película Dogma: IDIOTERNE (Los idiotas). ¿En que consiste el manifiesto Dogma 95, también conocido como “voto de castidad” de Lars von Trier? Fundamentalmente, y resumiendo, en la eliminación, a la hora de concebir y realizar una película, de todos aquellos artificios narrativos y de registro que, a excepción del “aquí y ahora”, en el primer caso, y la cámara y los actores, en el segundo, vienen siendo utilizados para la puesta en imágenes de una historia o de la falta de historia. Así, escenarios, luz y sonidos artificiales, que no surjan de la propia narración, se evitan en beneficio de la impresión de “cine documental”, de “cine amateur” y, en última instancia, de “cine verdad”. Hasta el momento son 5 las películas que han saltado al mercado con certificados Dogma 95. Entre ellas: FESTEN (Celebración) (Dogma 1) Thomas Vinterberg, de la ya mencionada IDIOTERNE (Dogma 2), MIFUNE SIDSTE SANG (Mifune) (Dogma 3) de Soren Kragh-Jacobsen, LOVERS (Amantes) (Dogma 5) de Jean-Marc Barr. Los tres primeros directores junto con Kristian Levring conforman el colectivo de cineastas Dogma 95, fundado en Copenhague en la primavera de 1995, que podríamos identificar como “la banda del Dogma” al igual que se identificó, allá por los años 60, como “la banda de los 5” al colectivo de cineastas que dio a conocer el “nuevo cine suizo” y entre los que destacan Alain Turner y Claude Goretta. Dogma 95 ¿Operación de mercado o pliegue en el discurso fílmico? Posiblemente más lo primero que lo segundo ¿Qué ha hecho posible esta pequeña tormenta, este movimiento débilmente sísmico, allí donde no ocurría desde la irrupción de la “nouvelle vague”, quizás el último pliegue hasta el momento de un tejido que como el cinematográfico no es propicio a las deformaciones de su textura? Baste recordar que la óptica utilizada en el rodaje de una película prácticamente no ha cambiado desde Lumière o, lo que es lo mismo, desde los inicios del cine. Ha sido la aparición del registro digital, la aparición de la cámara de vídeo digital, la que ha hecho posible el nacimiento en Dinamarca del movimiento Dogma. Tecnología y mercado. Es, sin embargo, en el sector de la distribución, y no tanto en el de la producción, donde verdaderamente se producirá un salto cualitativo. No olvidemos que una imagen siempre será una imagen, con independencia del soporte en el que se nos presente. Ya lo decía Jean-Luc Godard en VENT D’EST (Viento del Este): “Ce n’est pas une image juste, c’est juste una image”. Evidentemente el registro digital permitirá procesos productivos más económicos y con ello la extensión cuantitativa de la producción de imágenes ¿al estilo de los juegos de vídeo, de la Play Station, de Internet, …? La multiplicación de la oferta no genera por sí misma el refinamiento de la demanda ni, desde luego, la calidad de la mercancía. Con DANCING IN THE DARK Lars von Trier no sólo no se sitúa en el Dogma, abandonando su voto de castidad, sino que se adentra de pleno en es círculo vicioso al que hacía referencia al principio del presente texto. Ya con BREAKING THE WAVES había amagado. Tecnología y espectáculo donde la manipulación de géneros: el melodrama y el musical; la manipulación de personas: Björk, responsable de la música y coautora de la letra de las canciones, además de intérprete de Selma, personaje protagonista del film; la manipulación de técnicas: pequeñas cámaras de vídeo digital (100) en las secuencias musicales, cámara en mano, procesos digitales de edición; se entremezclan para elaborar un producto perfecto del simulacro, organizado alrededor de una ambición: ¿neo-Holywood? Si en IDIOTERNE Lars von Trier ponía el nuevo instrumento ¿llamado a revolucionar las técnicas del rodaje? ¿llamado a romper una cierta mirada: la del ojo humano a través del ojo mecánico? al servicio de la “creación artística” y, posiblemente, de una nueva estética y una nueva economía cinematográfica, y, porque no, de una nueva economía de la representación, en DANCING IN THE DARK lo pone al servicio del espectáculo. Allí –IDIOTERNE– la innovación tecnológica era cuestionada al mismo tiempo que cuestionaba, allí el artificio no se escondía tras las apariencias, aquí –DANCING IN THE DARK–, sin embargo, la nueva herramienta es utilizada, en sus bondades e imperfecciones, para reincidir en la apariencia de verdad, y así, de esta manera, falsear una relación: la del sujeto deseante con la pantalla donde se ve, haciendo de ésta espejo de aquél. Y el espejo también en el cuarto de baño deforma. No debemos olvidar que el discurso lo es de la imagen y no de los personajes. Confundir ambos, imagen y personajes, pantalla y realidad, nos conduce de cabeza al espacio de la enajenación.
30 oct 2015