53.- EDITORIAL Europa: estamos pero no vamos. En esta circunstancia histórica por la que atraviesa España en la actualidad, nuestro país se ve sometido a tensiones de sentido contradictorio, que dificultan la eficacia de muchas de las bien intencionadas acciones de transformación y racionalización de nuestras estructuras. Por una parte, hay una tensión desagregadota, fruto del proceso de consolidación de las Autonomías, que demanda continuamente la reducción del ámbito de actuación política, económica y social hasta dominios que en muchos casos son bastante inferiores al 1/17 de la dimensión nacional. Es una tendencia hacia la miniaturización. Por otro lado, existe otra tendencia de sentido contrario nacida de nuestra integración en la CEE que nos invita a plantearnos los problemas en un ámbito ocho veces y media superior al de nuestra nación. Es una tendencia hacia el gigantismo, hacia el aumento de la escala. No es extraño, que nuestras administraciones públicas, nuestras empresas y nuestros colectivos profesionales atraviesen por momentos de perplejidad, bajo los efectos de este doble y diabólico proceso de desagregación-agregación. Descartada la posibilidad de un milagro, sólo el esfuerzo y capacidad de organización de todos nos puede evitar un resultado catastrófico en ambos sentidos, curiosamente denominados bajo un sólo epígrafe común: Comunidades. Si bien es verdad que en el sector de las telecomunicaciones se está más a cubierto que en otros respecto a la acción desagregadota de la descentralización estatal, la dimensión internacional de aquél acentúa sensiblemente las necesidades de dedicación al proceso de agregación europeo. Las políticas globales, tanto de servicios como industriales se establecen ya en el ámbito europeo, y esto será irreversible y cada vez más cierto a partir de 1992. La orientación de los fondos supranacionales dedicados a la investigación y el desarrollo en las grandes líneas que han de marcar la evolución tecnológica de las Telecomunicaciones europeas, se establecen en foros igualmente comunitarios. Lo mismo ocurre con las normas y recomendaciones que van ahormando los esquemas tarifarios, las prestaciones de los equipos y las características de los servicios. También provienen de Luxemburgo, Bruselas y Estrasburgo las prioridades aplicables a las acciones promotoras de nuevas parcelas de mercados emergentes, en las que nuestra Comunidad Europea pretende hacerse un hueco al lado de los norteamericanos y japoneses, tal como ocurre en los sectores espacial, de servicios de información electrónica y otros. Pero todo este enorme contingente de prioridades, normas, políticas y orientaciones que nos encontramos a diario en el Diario de la CEE no nacen por generación espontánea, ni siquiera procede todavía de ningún sistema experto. Es la poderosa maquinaria funcionarial de los diversos organismos comunitarios quien posee una mayor capacidad de influencia sobre el proceso. En muchos casos, incluso mayor que los propios representantes políticos de los Estados miembros al más alto nivel. Dicho de otra forma, si un país, una facción política o un grupo de intereses desea influir en alguna de las prioridades emanadas desde el corazón europeo, tiene que estar presente en dicha maquinaria. ¿Cuál es nuestra situación actual por lo que se refiere a esta presencia? Si nos fijamos en el porcentaje de españoles integrados en las plantillas funcionariales de la Comunidad, la situación es todavía muy deficitaria para nuestro país, probablemente debido al escaso tiempo que llevamos “dentro del club”. Si se analiza la asistencia de funcionarios españoles a los distintos foros comunitarios donde se discuten y perfilan las decisiones, parece que el esfuerzo de la Administración Española de las Telecomunicaciones empieza a alcanzar un cierto nivel, pero aún es insuficiente. En lo referente a la participación de las empresas españolas en esos mismos foros, salvo la ya conocida tradición de Telefónica, que durante años ha venido cubriendo el hueco de la propia Administración, son muy pocas las personas que dedican un tiempo razonable a esta tarea. Si, finalmente, miramos a nuestras Embajadas tanto en Europa como fuera de ella, la situación resulta verdaderamente lamentable, pues a estas alturas de nuestro acontecer histórico, todavía se carece de Agregados Científicos y/o Tecnológicos que ayuden a profundizar, agilizar y “desfolklorizar” los instrumentos de cooperación científica, técnica, industrial y comercial de nuestro país. En resumen, “estamos, pero poco” y, muchas veces, con prisa. Desde nuestro punto de vista, y por lo que se refiere exclusivamente al sector de las Telecomunicaciones, se deberían propiciar urgentemente los mecanismos necesarios para que un suficiente número de Ingenieros de Telecomunicación pudieran adquirir la formación complementaria suficiente como para poder integrarse en el entramado funcionarial de los diferentes organismos internacionales, bien en representación de las Administraciones españolas, bien del mundo empresarial o bien a título de meros ciudadanos europeos. Esto siempre será más eficaz que sobrecargar aún más las alforjas repletas de temas urgentes y prioritarios que nuestros escasos funcionarios de Exteriores suelen arrastrar por los pasillos de las grandes sedes internacionales. Una vez más, reclamamos profesionalidad para una tarea sobre la que descansa una buena parte del futuro de nuestro sector. Profesionalidad de nuestra Administración, profesionalidad de nuestras empresas y, naturalmente, profesionalidad de nuestros ingenieros.