9.- EDITORIAL Una vez aprobados los nuevos Estatutos, y al cumplir sus 75 años de existencia, el hasta ahora IICE estrena rótulo: INSTITUTO DE LA INGENIERÍA DE ESPAÑA (desaparece la restricción “Civil” y se generaliza la expresión “Ingenieros”), y estrena estructura (federación de Asociaciones e Institutos Territoriales, y Consejo de Representantes en vez de Junta General Asamblearia). Con la ayuda del ayuntamiento, incluso estrena nombre de calle (General Arrando en vez de General Goded), y, en un futuro próximo estrenará presidente. Más adelante, se pretende que llegue a estrenar también edificio. Ante tanta novedad, conviene hacer un alto y reflexionar sobre los objetivos últimos de esta histórica y remozada organización ingenieril. Sugerir nuevos y completos planteamientos para cada apartado rebasaría los límites de un comentario editorial. Pero, de cara a la próxima elección de Presidente del IIE, sí nos parece oportuno marcar los que consideramos puntos básicos a ser tenidos en consideración. En cuanto a la Técnica y la Ciencia, la voz de la Ingeniería debe hacerse sentir a través de estudios, trabajos, propuestas, informes, recomendaciones, etc. En cuestiones tales como la Investigación, la transferencia de tecnología, la legislación sobre patentes, la construcción de un nuevo modelo de desarrollo tecnológico, los planes sectoriales (sobre energía, informática, construcción naval, etc.). En todos estos casos, el objetivo del IIE debería ser la elevación del nivel interno de nuestra Ciencia y nuestra Técnica, y la reducción de nuestra dependencia exterior, ayudando a racionalizar los mecanismos internos de generación de innovaciones (Universidad, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, empresas poco tecnificadas). Y todo ello, por encima de intereses particulares, de rama o de grupo. En el área de la formación, base de la propia Ingeniería, el IIE y, por tanto, su presidente, deberán cooperar en la tarea de mejorar la maltrecha Universidad, ayudando a flexibilizar y modernizar su estructura, y adaptar mejor sus objetivos a la realidad profesional. Frente al grave problema de destecnificación por el que atraviesa el aparato administrativo, y a fin de terminar con los ghettos existentes entre el funcionariado, el IIE debe hacerse oír, con acento de auténtica Ingeniería, olvidando su histórica división interna en castas, que aún defienden, por desgracia, algunos Colegios. En el tema del desempleo, poco puede aportar el IIE, a corto plazo, pero sí puede crear empleo a la larga, si se alcanzan los objetivos anteriores, especialmente consiguiendo que se potencie el sistema investigador y la tecnificación de las empresas y la Administración. Por último, en el orden interno, no se puede esperar más tiempo para construir un mutualismo único, fuerte y eficaz de toda la Ingeniería. Está claro que AMIC no ha sabido, no ha podido o no ha querido hacerlo, y se ha convertido en un ente casi ajeno a los intereses globales de la Ingeniería, en buena parte por culpa del propio Instituto, que no ha tenido una política mutualista ni ha utilizado su capacidad de control y gobierno sobre AMIC. Estos son, en nuestra opinión, los planteamientos más importantes ante el futuro del Instituto. Quien esté en condiciones de llevarlos adelante merecerá nuestro apoyo para llegar hasta la presidencia y ejercer después esa digna y difícil tarea.