Artículo BIT
Javier Domínguez
bit 169 JUN.-JUL. 2008 9 Cuando caminas por el campus del paradigmático Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) experimentas una sensación de veneración casi monástica. Todo, desde las denominaciones de los edificios a los rótulos de los despachos o los murales que adornan las paredes de los pasillos, provoca un estado de ánimo en el que se mezclan la nostalgia de los años universitarios y los afanes de aquel ingeniero novato que trabajaba y soñaba con la tecnología. A primera vista parecería como si las cosas no hubiesen cambiado demasiado; te reencuentras con libros repletos de ecuaciones diferenciales e integrales y con los diagramas y símbolos que ocuparon tantas horas de estudio y congoja. Descubres referencias pioneras sobre materiales y sistemas que, más tarde, dejaron huella profunda en tu trayectoria profesional. Tropiezas, también, con prototipos de soluciones que alimentaron tu discurso prospectivo y que nunca encontraron un problema que resolver. Y cuando ya estás a punto de asimilar el impacto de todas estas sensaciones y de situarlas racionalmente en el proceso evolutivo del que has sido observador privilegiado, inesperadamente, te encuentras con aulas donde se imparten clases de música, teatro, escultura, pintura, cine o fotografía, y con salas adornadas de pantallas donde se practica con los más modernos videojuegos. Parcialmente recuperado de la sorpresa y la desorientación que provoca este descubrimiento, intentas encontrar los motivos de estas iniciativas. La explicación institucional sostiene que la educación artística es un medio para estimular la curiosidad, la imaginación y la creatividad. Con pequeñas dosis de esta educación, los estudiantes se preparan mejor para enfrentarse a proyectos con múltiples respuestas; se abren nuevas perspectivas para explorar la búsqueda de soluciones, y se refuerza la importancia de los procesos para obtener unos resultados. Con este esfuerzo por superar la dicotomía “arte frente a ciencias”, el MIT demuestra su sensibilidad ante el hecho de que la vulnerabilidad y el sentido de lo enigmático, que caracterizan los movimientos del arte actual, son también componentes del desarrollo científico. Dicho de otra manera, el misterio y la intuición sirven de contrapunto a la racionalidad y claridad de las que siempre presumió la ciencia y la tecnología. Así es como el MIT debate su reconversión en una Universidad de Artes y Ciencias. Más allá de motivaciones profundamente educativas, que las hay, no olvidemos que en la cultura estadounidense no se da puntada sin hilo, con un hilo impregnado del sentido de la competitividad y de la búsqueda de oportunidades de negocio. Desde esta perspectiva, resulta menos sorprendente asociar la tecnología con las artes y las ciencias sociales. Aunque sólo sea para apreciar la importancia de la música, el dibujo, la fotografía, el cine, o el teatro, en el diseño de los lenguajes, aplicaciones y contenidos que deberán provocar el interés de la ciudadanía para rentabilizar las inversiones en las modernas plataformas tecnológicas de comunicación. A partir de esta visión global y transversal de los medios, están surgiendo nuevas oportunidades laborales en el desarrollo de aplicaciones electrónicas, en la industria de los videojuegos, en el cine, en la TV, en la prensa, en la radio o en la educación. Ahora que tanto se debate sobre el futuro del espacio educativo, merecería la pena prestar atención a esta manera de entender la formación. MIT: Universidad de artes y ciencias Javier Domínguez Ingeniero de Telecomunicación
30 oct 2015