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Bolonia, un problema
España se encuentra en pleno proceso de adaptación de sus estudios universitarios al Espacio Europeo de Enseñanza Superior. Con carácter general, es intención del Gobierno que existan Grados, estudios de 240 créditos equivalentes a cuatro años, de los que tres son cursos plenamente lectivos, con el último dedicado al proyecto fin de carrera, prácticas en empresas y otras materias. Serían estos Grados los que darían entrada al mercado laboral, y donde estarían las atribuciones profesionales, con lo que la gran mayoría de los profesionales españoles en el futuro responderían a este perfil. Y existirían después unos másteres, que pretenden especializados, que llevaran a la excelencia, cuyo contenido y objetivos son, para ellos, más dudosos. A este modelo se ajustan sin problemas la mayoría de las profesiones actuales, a quienes les basta con cuatro años, que creen posible la inclusión de todas las materias en los plazos marcados. Quedan fuera de este esquema los médicos, los abogados y los arquitectos, para los que ya el sistema prevé que el ejercicio profesional, por su importancia, solo puede garantizarse tras una duración de 5 o 6 años de los estudios. En medio quedan las ingenierías. Ya habría finalizado el proceso de adaptación al espacio europeo en España, si no hubiera sido porque la ingeniería tiene un difícil encaje con lo que se pretende en el llamado proceso de Bolonia. Muchos aceptamos ahora que todo hubiera sido más sencillo si se hubiera asumido que, en esta área de conocimiento, ya se cumplía con Bolonia: había, y todavía hay, dos niveles, equivalentes al grado y al máster, uno de 3-4 años, la ingeniería técnica, y otro de 5-6 años, la ingeniería superior. Hubiera bastado con hacer ligeros ajustes para que, por ejemplo, tanto los ingenieros técnicos como los de ciclo largo iniciaran sus estudios en el mismo centro universitario, que es lo que ahora se pretende, y con el mismo recorrido desde el principio. No habría sido necesario hacer mucho más, sino dejar que las Escuelas generaran sus propios planes en este marco. Nos hemos metido, lamentablemente, en un camino lleno de obstáculos, al final del cual no sabemos si estaremos mejor o peor que antes. ¿Puede aceptarse que nuestro país no necesita ingenieros con la misma exigencia de conocimientos que médicos, arquitectos o abogados? ¿Se puede asumir que quienes han de responsabilizarse del correcto funcionamiento técnico de nuestra sociedad y de sus infraestructuras solo estudien tres años más uno? ¿De verdad nos podemos creer que sobran los actuales ingenieros, esos que han hecho posible el impresionante avance tecnológico experimentado por nuestra sociedad en los últimos años? Lamentablemente, la ingeniería técnica solo ve, en este proceso, la posibilidad de hacer realidad un anhelo que vienen persiguiendo desde siempre: ser ingenieros a secas, desprenderse de ese apelativo “técnico” que tanto les pesa. Y aplauden una reforma que podría llevar al deterioro de nuestra ingeniería. Que en tres años más uno se puedan adquirir los conocimientos, las competencias, las atribuciones y hasta el nombre, como algunos pretenden, de las ingenierías de ciclo largo actuales es, aparte de un disparate, el triunfo de la mediocridad y un intento de manipular la realidad que no nos llevará a nada bueno. Pero están en ello. Ahora resulta fundamental que tanto el Ministerio de Educación y Ciencia, como la Universidad sean sensibles al problema que se ha creado, y asuman la realidad y las consecuencias, y lograr, entre todos, que una reforma de carácter universitario no afecte a la competitividad de nuestro país. Bolonia, un problema Enrique Gutiérrez Bueno
30 oct 2015