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FRONTERA. En el mejor de los mundos posibles
Vivir en el mejor de los mundos posibles es frase que escribió Leibniz, que no solo descubrió el cálculo infinitesimal con la eterna inquina de Newton, sino que también sufrió la sátira de Voltaire, que en su novela “Cándido” convirtió al Doctor Pangloss en el panegirista del dicho frente a las catástrofes que deparaba la existencia. Me referiré al denominado Principio Antrópico (PA), de B. Carter quien afirmó en 1973 que vivimos en situación si no céntrica, al menos privilegiada. Al mal tiempo de crisis político-económica, buena cara, por lo que escribiré de fronteras cosmológicas y negentrópicas. El PA lo explica Stephen W. Hawking en su “Historia del tiempo” diciendo que “Vemos el universo en la forma que es porque nosotros existimos”. En su versión “fuerte”, John D. Barrow y Frank J. Tipler explican en su libro editado en 1986 que la consecuencia de la evolución cosmológica del Universo implica la aparición forzosa de vida inteligente. Repasaré ambas hipótesis. El Universo posee unas constantes cosmológicas, que aunque carezcan de sentido expresadas en unidades arbitrarias (el gramo o el segundo, por ejemplo), lo adquieren si son relacionales, pues la relación entre la masa del protón y del electrón valdrá en cualquier parte del cosmos 1.836, y no otra. La vida es un proceso de incremento de la complejidad permitido en un cosmos que gracias a una existencia de 13,73 miles de millones de años (según los cálculos del satélite WMAP para la constante de Hubble) ha posibilitado esta evolución. Para ello, ha debido haber una constancia de al menos seis números que Martín Rees relaciona en su libro “Just Six Numbers”. Los enumeraré: N (1036) o relación entre la fuerza atómica fuerte y la de gravedad; ε de valor 0.007, o constante de estructura fina (α); Ω, o cantidad de materia en el universo; λ o antigravedad cósmica; Q, de valor 10-5 y D o dimensiones espaciales (3). Mínimas variaciones hubieran dado lugar a un universo distinto incompatible con nosotros. Veamos su formulación “fuerte”, la más controvertida. Sin que una tendencia constituya una ley, según Popper, resulta que la Tierra tiene 4.570 millones de años, y 500 millones después se había originado la vida, de la que los primeros microfósiles seguros tiene 3.550 millones de años. Podemos seguir la evolución de la información genética en bits en pares de nucleótidos de ADN por célula haploide hasta los anfibios (9x105 para las bacterias a 7,5x108 a los celentéreos), continuada por la información cerebral hasta el Homo (1010 para los reptiles hasta 3x1013 el Homo). Situados estos datos en una recta de regresión en ejes doblemente logarítmicos, resultan ajustados al 91,74%. Extrapolados al presente, hoy tendríamos unos 1030 bits de información extrasomática en el hombre. El número de NATURE de 4-9-08 titula su portada: “BIG DATA. Science in the Petabyte era”. El Petabyte es 1015 bytes, y en 2007 la red ADSL de España movió un tráfico en datos de 4x1021 bytes, mientras la Ley de Moore seguirá vigente por al menos otros 20 años más, según el ingeniero jefe de Intel, Pat Gesinger, cuando ya rondamos los 109 transistores por chip. Inevitable o no, el hecho es que la información o negentropía lleva creciendo exponencialmente desde el Big-Bang en este universo, que es uno de los 10500 posibles que permite la teoría de cuerdas. Éramos inevitables y con futuro cósmico. Entonemos la canción del optimista (antropológico). FRONTERA En el mejor de los mundos posibles Aquilino Morcillo Crovetto Ingeniero de Telecomunicación
30 oct 2015