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EL MOMENTO ACTUAL DE LAS TECNOLOGÍAS DE LA INFORMACIÓN: Entender mejor a la empresa: nuestra asignatura pendiente
Entender mejor a la empresa: nuestra asignatura pendiente Juan Soto HACE MAS de diez años publiqué en la Revista Bit un artículo titulado "Las multinacionales, una necesidad y una oportunidad". Eran tiempos en los que, a pesar de los intensos esfuerzos del primer gobierno socialista, todavía se detectaba en nuestra profesión un profundo escepticismo a la inversión industrial de origen extranjero. Como consecuencia, quizás, del interesado españolismo con que nuestras mentes fueron alimentadas desde muy temprana edad, así como del recelo que la izquierda ideológica había sentido siempre hacia las grandes compañías, muchas personas de buena voluntad sentían una sincera preocupación por el hecho de que, en una empresa multinacional de origen extranjero, las últimas decisiones no se tomaban sobre nuestro suelo. El inconsciente nacionalismo que teñía su juicio se trasladaba a los más altos ejecutivos de las empresas y transnacionales, a los que se modelizaba tomando decisiones empresariales que, en caso de conflicto, siempre tendían a ser muestras de un patriotismo ejemplar. Mi experiencia personal me inclinaba a no participar de tal visión, al mismo tiempo que a asumir la imprescindibilidad de la inversión extranjera en cualquier proceso de desarrollo relevante de la industria electrónica en España. Participaba de la idea, tan brillantemente defendida por Reich en su libro "El trabajo de las naciones", de que una nación no es ni su capital, ni su tecnología; de que una nación es su gente y de que el valor añadido en la generación del producto industrial suele proporcionar mucha mayor riqueza que la posesión de los medios de producción. Sobre todo si el valor añadido se incorpora en tareas de definición y diseño de productos y procesos, de gestión de las relaciones, cada día más profundas y complejas con proveedores de la industria auxiliar y con distribuidores de los productos finales, o de dirección e ingeniería de operaciones fabriles basadas en los modernos conceptos de calidad total.La década de los ochenta finalizó en España con un tejido industrial electrónico que ya no se limitaba, como había siempre sido la norma, a la industria de las telecomunicaciones. La industria electrónica de consumo y defensa y la de fabricación de semiconductores y de hardware informático contaba con ejemplos varios y muy dignos de actividad local. Sumados a un sector industrial de telecomunicaciones, en plena expansión, después de un largo penoso ajuste, componían un escenario que permitía abrigar una cierta esperanza de que nuestro país podría llegara final de siglo con un sector industrial electrónico que no desentonase tan adversamente del nivel medio de desarrollo alcanzado por el resto de la industria española. La inesperada ay dramática crisis del sector informático de comienzos de los noventa, unida a una desafortunada gestión de la economía española en la legislatura 1989/93, dejaron su profunda huella en el sector de electrónica profesional. La mayoría de las operaciones de fabricación de equipos informáticos desaparecieron. El sector de la electrónica de defensa y el de las telecomunicaciones se mantuvieron pero, en la mayoría de los casos, sólo después de masivos ajustes de su capacidad y de su empleo. Los costes de esos cierres o de esos ajustes son de tal proporción en relación a lo ocurrido en otros países de nuestro entorno que no han podido pasar inadvertidos en los cuarteles generales de las empresas multinacionales que necesitan iniciar o ampliar su presencia industrial en Europa. Por otra parte, los problemas heredados de la legislatura 89-93 son tan graves que los gobiernos que se han sucedido desde entonces dedican casi toda su atención a resolver aquellos que imposibilitarían la incorporación de España a la Unión Monetaria en 1999. La importancia de ese objetivo hace aparecer como irrelevantes otros que en tiempos de menor anormalidad captarían la atención de la sociedad. De cara al Tratado de Maastricht, el país ha suspendido por curso. Sin embargo, está decidido a quedarse estudiando toda la noche del 97 e intentar aprobar el examen de primavera del 98. Esa angustia por recuperar el tiempo perdido, antes de que la historia nos pase factura de nuevo, es muy evidente desde fuera de nuestras fronteras. Podremos provocar respeto pero, no atracción. Respecto a otras alternativas, en estos momentos no parece que seamos necesarios ni que constituyamos una oportunidad para nadie que, en el sector electrónico, esté eligiendo una plataforma europea para instalar una nueva actividad industrial. En contraste con nuestro decreciente atractivo, el Reino Unido e Irlanda, han sabido y podido captar la práctica totalidad de las nuevas inversiones electrónicas procedentes de los EE.UU. y del Pacífico Asiático en los últimos veinticuatro meses. Debido al carácter verdaderamente global de la industria electrónica, a la necesidad de que cualquier planta de fabricación electrónica sea mayoritariamente exportadora, y al alto valor con relación a su peso de los componentes y equipos electrónicos, cualquier nueva inversión electrónica destinada a Europa puede elegir con casi total libertad su localización final. Esta libertad de elección es tan excepcional, comparada con la disponible en muchos otros sectores industriales, que se puede concluir que la distribución de los destinos finales de esas inversiones son un claro reflejo de la atracción relativa del ecosistema empresarial de cada país comunitario. Nuestro país debería sentirse profundamente insatisfecho por los resultados conseguidos estos últimos años. Esta falta de atractivo español es, en cierto modo, el precio que muchos ingenieros de telecomunicación de este país están pagando por formar parte de una sociedad rígida y temerosa. Una rigidez excesiva nos pasa su factura reduciendo significativamente las oportunidades de realización de nuestros profesionales en potenciales instalaciones como las de Hewlett-Packard en San Cugat o las de Lucent en Tres Cantos. Nuestros profesionales están bien preparados para competir, pero su circunstancia nacional no les es favorable en estos momentos. En términos generales, nuestra sociedad sobrevalora todavía el objetivo de seguridad y rehúye el ejercicio de la libre iniciativa, por temor al riesgo que le es inherente. Esta actitud es una lógica consecuencia de un largo pasado en el que las naturales dificultades para la supervivencia en amplias zonas de la península, por un lado, y el carácter controlador y represivo de las clases dirigentes de nuestra sociedad, por otro, convertían en una experiencia prácticamente suicida la toma de cualquier iniciativa. Sin embargo, en las actuales circunstancias, supone un gran error aceptar que nuestra memoria histórica siga hipotecando nuestra imaginación. El gran avance conseguido en el nivel medio de educación de las jóvenes generaciones españolas y la evidente europeización de nuestra visión de vida permiten dar un paso importante en la liberalización del entorno en el que se desarrolla la actividad de la empresa en España. La salud del ecosistema empresarial condiciona de tal forma el nivel de bienestar de una sociedad que resulta sorprendente que sean los empresarios los únicos que públicamente promocionan y defienden a la empresa. Los profesionales, en particular, vemos limitadas nuestras posibilidades de realización y desarrollo por la calidad y cantidad de empresas entre las que podamos optar para trabajar. Sería pues esperado que fuéramos los profesionales quienes apoyásemos toda iniciativa que facilite el nacimiento, desarrollo y multiplicación de la especie-empresa en nuestro territorio, y, muy en particular, la "competitividad legislativa" frente a nuestros colegas comunitarios en todas las variables que impulsen la fortaleza de nuestras empresas. La empresa no se encuentra todavía a gusto en España. Durante mucho tiempo ha visto su nombre usado para dignificar meros negocios, se ha sentido sobreprotegida y por ello infradesarrollada, ha sido con frecuencia presa fácil de algunos malos empresarios que la han expoliado o utilizado para defraudar sus obligaciones fiscales, y de trabajadores desesperados que le exigen que siempre acierte, que garantice a todo trance sus puestos de trabajo, e inevitablemente la convierten en el chivo expiatorio de sus aspiraciones a una imposible seguridad. En los países de la Comunidad Europea, los procesos de solidaridad se producen principalmente a nivel de nación-estado. Es la ciudadanía soberana la que elige por mayoría el nivel de distribución solidaria que desea y, por ello, deben ser los ciudadanos, accionistas, trabajadores y consumidores, los responsables de su financiación. La empresa no vota, sino que es objeto permanente de voto por parte de los demandantes en el mercado global, expuesta a un continuo proceso de selección darwinista. No es prudente ni conveniente utilizarla abusivamente para la satisfacción de las justas aspiraciones de cohesión social de los ciudadanos. Es perfectamente compatible la competitividad empresarial y la solidaridad social pero delimitando con claridad los campos de juego. La sociedad debe tratar a la empresa como un instrumento privilegiado, origen de su nivel de bienestar. Sobre todo a las empresas industriales que no necesitan la proximidad geográfica a sus mercados finales. Los conflictos provocados por el atractivo fiscal recientemente introducido por algunos gobiernos autonómicos, históricamente muy sensibles a la criticidad del papel que la empresa juega en el desarrollo de la sociedad, deben ser reconducidos desde una visión voluntariamente compartida de que ése es uno de los caminos a seguir recorriendo para hacer más competitivamente atractivo nuestro ecosistema empresarial. Igualmente, profundizar en la clarificación de la responsabilidad de la empresa con relación a la estabilidad de su empleo permitiría reducir sus incertidumbres al campo de juego del mercado global en plena competencia, ya de por sí repleto de riesgos y desafíos. Como el hombre, al empresa es ella y sus circunstancias. Optimizar sus circunstancias para aumentar su fertilidad y su longevidad sólo beneficia a la sociedad. Salud social y empresarial son casi la misma cosa.
30 oct 2015