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FRONTERA. El miedo al cambio climático
FRONTERA El miedo al cambio climático Aquilino Morcillo Crovetto Ingeniero de Telecomunicación Desde 1945 se nos viene anunciando que la guerra fría terminaría en guerra atómica, la cual desataría el invierno nuclear. Falló la profecía. Desde 1798 en que Malthus escribió su catastrofista “Ensayo sobre el principio de la población” hemos vivido esperando una explosión demográfica que acabaría con los alimentos y la propia población. Tampoco se cumplió, ni hay visos. En 1972, el I Informe al Club de Roma (“Los límites del crecimiento”), nos previno del inminente agotamiento de las materias primas, así como de la consecuente catástrofe por contaminación y mortandad humana; las reservas de petróleo, por ejemplo, se habrían agotado hace cuatro años. Pues tampoco. Y siempre todo avalado por gran número de científicos. La moda de catástrofes actual (descontando el SIDA, ébola, las vacas locas, la peste aviar o el meteorito que chocaría con la Tierra el año 2019) se llama calentamiento global. Y no es que sea falso, como no lo es la muerte, pero es ya más complicado fijar plazos y temperaturas en climatología, sobre todo a un siglo vista, que recuerdo que es la especialidad de que se sirvió Lorenz para descubrir la Teoría del Caos sobre la imprevisibilidad de los pronósticos meteorológicos a corto plazo. Analicemos. En el planeta se alternan cíclicamente los períodos cálidos y glaciaciones, y el efecto invernadero causado por la atmósfera permite mantener la vida en la Tierra. La primera glaciación registrada ocurrió hace 2.300 millones de años, y el último gran enfriamiento se inició hace 20.000 años y terminó hace 12.000 años, con el ascenso del nivel del mar. El período actual se denomina Holoceno y precisamente gracias a la benignidad del clima se desarrolló la agricultura, con los consecuentes gases agropecuarios de efecto invernadero de origen antropogénico, lo que retrasó la glaciación previsible hace 5.000 años principalmente por aumento del CO2 atmosférico. La ruptura del ciclo natural de glaciaciones la reforzó la industrialización. Hasta 1900 el CO2 atmosférico se mantenía en un promedio de 280 partes por millón (medidas en capas de hielos polares), pero el crecimiento debido a la industrialización y quema de carbón e hidrocarburos, se manifestó exponencial y ahora se acerca a la 385 partes por millón (mediciones de Muana Loa en Hawai), lo cuál ya se está manifestando en el clima como con oportunismo político no exento de dramatismo expone Al Gore en “Una verdad incómoda”. De seguir esta tendencia, en el año 2200 la concentración de CO2 sería de 1000 p.p.m., que fue exactamente la que tuvo la Tierra cuando la brusca extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años. Aunque una tendencia no es una Ley (Popper), los datos son para preocuparse. Por eso la ONU aprobó el Protocolo de Kyoto, en vigor desde 2005, para limitar los gases de efecto invernadero no controlados por el exitoso Protocolo de Montreal (para evitar el agujero de ozono). Sin embargo, de este acuerdo se excluye a China e India, por no interferir en su desarrollo, que juntas emitieron a la atmósfera 1.600 millones de toneladas de CO2 en el año 2000, equivalente a la contaminación de los EE.UU. Solución: Ahorrar y emplear energías alternativas, sin olvidar las palabras de James Lovelock, bioquímico y padre de la Teoría Gaia (la Tierra viviente): “La energía nuclear es la única medicina eficaz para curar nuestro planeta enfermo”. Mientras tanto, la eficiencia es buena y el desarrollo de las comunicaciones (nuestra especialidad) es un magnífico paliativo al energéticamente costoso transporte.
30 oct 2015