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... Con saudade inauguramos sede de Colexio...
Pues, queridos amigos, casi sin darnos cuenta, ya estamos abocados a la primavera, ya viene el Introitus de los romanos, padres de nuestras hablas. Llega la introducción a los días largos, el avance hacia el solsticio que toma diversos nombres por las tierras del Noroeste Peninsular. Por aquí conocen al Carnaval como Antroido, Entroido, Entrudo, Entrueyu, Entruejo... Carnaval. Todavía no acabamos de digerir las comilonas de Navidad, nuestros hijos —o nietos— aún no consiguieron romper los regalos de los Reyes (Magos, que los otros no regalan nada) y ya estamos llenando las mesas de cocidos en que se abrazan los grelos a los cerdos, de hocico a rabo, que todo se come. Vivimos en el más feliz de los mundos, y os lo dice un padre de emigrantes que le permiten hacer la media: un hijo en Venezuela y otro en Dinamarca vienen a demostrar que “como mi España no hay nada” —o al menos eso era lo que hoy filosofábamos en Sevilla, desde donde os escribo, unos hombres cargados de años en jornada de frío increíble, barrio de Santa Cruz adelante. En España (la que no se rompe con estatutos, porque todos fumábamos los mismos Celtas y aprendimos a conducir en los mismos 600) vivimos bien, con gusto de la vida; y la vida nos da gustos a los que seguimos tocándola; porque otros la abandonaron, y de ellos tenemos saudade. Son los que perduran en nuestra memoria con esa sensación que inventaron los gallegos para que de ella abusasen los portugueses y los brasileños. Porque saudade es sentir la propia ausencia en los lugares queridos; y sentir la ausencia de aquél que uno quiso en los lugares que fueron o pudieron llegar a ser comunes. Así es. Con pena de que no nos acompañen unos cuantos colegas, inauguramos la sede del Colexio Oficial de Enxeñeiros de Telecomunicación de Galicia. Sentimos lástima colectiva —porque no viesen hecho realidad un sueño — de Arijón do Porto, de Arbones Mariño, de García Campos... Fueron luchadores. Quisieron defender la profesión. Nos indujeron a crear la Asociación que hoy nos lleva hasta el Colegio. Gloria hayan y honra les demos. Como también se la debemos a Andrés Fernández Manzano, que era paisano mío de origen, manchego como yo, pero consciente, adulto cuando llegó al Impaís de las brumas y el vino claro. Fernández Manzano se nos fue tan prudentemente como vivió. Estuvimos hablando una noche en la calle, con Jesús Ripoll. Me preguntaban —y yo les explicaba— por qué no estuve con el resto de los compañeros en la Noite das Telecomunicacións. Platicamos felizmente, compañeramente; y ya no podemos charlar más con Andrés, que se sintió mal caminando por Pontevedra, unos días más tarde. Adiós, Andrés. Yo contaré con Fernando Pardo cómo ayudaste a hacer la radio y la televisión públicas de Galicia... Inauguramos colegio y revista (inauguraron los secretarios, porque Iberia mantuvo en el aire a los decanos durante la ceremonia). Comenzó el reparto de A nosa rede, con nombre que recuerda la razón por la que los gallegos enferman de saudade: A nosa terra. La Terra de los hijos de Breogán dio cabecera a revistas de cultura e información general, una histórica y otra presente en los quioscos. Pero lo nuestro es nuestro, hecho por ingenieros de telecomunicación aunque buscando sitio en una sociedad que nos tiene como un lujo al que dedica poco dinero. Hablamos de lo nuestro desde el país indeciso, que deja de ser “región objetivo 1” cuando no le conviene dejar de serlo, que inventa y se proyecta pero sigue desangrándose; país que en nuestra profesión padece la anemia propia de una sangría incorregible (El discurso del conselleiro de Innovación, Industria y Comercio en el estreno del Colexio no pudo escaparse al hecho de Galicia como región europea en tránsito hacia la riqueza, pero olvidó —u obvió — la emigración de cerebros). En A nosa rede intentamos llegar a los políticos, a los empresarios, a los gestores de cultura; y le decimos al mundo que compañero nuestro —genial— es Emilio Rojo, “autor de vinos”, viajero imparable e impenitente, siempre sumido en lejanías exóticas para las que la enología es quimera. De Leiro, en el Ribeiro, Emilio va a las selvas de Indochina. Y vuelve con salud. Y relata lo que no cabe en las fábulas. También en la revista, Bermúdez de Castro cuenta cómo se le hace pequeño el mundo, y cómo se nos debía hacer pequeño a todos, a golpe de invención. Sobre las páginas de papel y diseño que Gutiérrez Bueno elogió, unos tras otros, los autores de artículos vienen a tocar en cuestiones que nos afectan a todos los profesionales de lo mismo; pero lo hacen desde su punto de vista: de Fin de España y Europa, de comienzo de Portugal y las Américas. En fin, que la leáis. Que todos los gallegos de la diáspora nos mandéis la dirección postal a donde enviárosla, porque (que no me oigan mis alumnos de Ciencias de la Comunicación, a los que convenzo del valor de lo virtual) no hay nada como el gramaje de un buen papel en la mano. Que sepáis de nuestra obligación de reclamaros retorno, físico o telemático; de pediros que nos devolváis parte de vuestro conocimiento ausente. Y os voy dejando, con saudades de todo. En el consejo de redacción de A nosa rede para decidir temas de número siguiente surgieron recuerdos fortísimos de la Escuela por antonomasia, la de Madrid, donde descubrimos vocación y hasta ley de vida. Después, cenando y hablando de lo mismo, hicimos repaso de profesores que nos marcaron: don Narciso, Jover, Ros... Nos paramos en Sáez Vacas y su compañero Gregorio... Saudade. Yo les conté algo curioso. Ahora que estamos acabando O tren que me leva, documental para cine sobre la vida de Andrés do Barro, es bueno no olvidar a Benedicto García. Cierto que Andrés hizo a toda España cantar en gallego (¿Recordais Teño saudade, O tren, Corpiño xeitoso, Rapaciña, Fogar de Breogán, A uns ollos verdes...?). Do Barro repitió discos de oro cantando en lengua periférica, cosa que Serrat no conseguiría más que cantando en castellano, y Benedicto sólo llegó a ser un cantante famoso en Galicia y Portugal, muy próximo en estilo a José Afonso. Pero era compañero nuestro de la Escuela. Y fue el primero en pedirme una letra de canción. Saudades y Telecomunicación. Una vida: después de la inauguración de la sede del Colexio, Enrique Gutiérrez Bueno y yo hicimos aparte. Era de repasos vitales, con mucho orgullo de lo que llevamos hecho; y mucha ilusión en lo que nos queda por hacer. Nuestra profesión ha cambiado realidades. Sobre todo porque incide en la aplicación de conocimientos técnicos a los medios de comunicación masivos... Punto final: en la próxima nota a vuelapluma quizá hablemos de televisión digital terrestre. Un abrazo a todos.
30 oct 2015