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Música: ¿Qué pasa con Mozart? (a propósito de "Amadeus")
TIEMPO LIBRE Música Luis Piedra del Palacio ¿Qué pasa con Mozart? (a proposito de "Amadeus") Me han reprochado afectuosamente que todavía no haya aparecido en estos pequeños escritos que BIT va publicando el nombre de Mozart. En efecto, han aparecido ya muchos nombres, y aún faltarían muchísimos por aparecer. Y de Mozart ni una palabra; ¿qué pasa con Mozart?. Hay una difundida anécdota que posiblemente sea conocida por muchos. Resulta que le preguntaron a alguien su opinión sobre los compositores que según él habían creado la música más perfecta, a lo que el interpelado contestó dando varios nombres conocidos: que si Beethoven, que si Bach, que si Brahms, en fin, muchos. ¿Y Mozart, le replicaron, acaso no le gusta a Vd. Mozart?. El interrogado cambió de expresión y dijo: "No es eso; es que Mozart es la música". Pues eso es lo que pasa. Acercarse a Mozart es acercarse a un auténtico milagro, y sólo se podría hacer con una casi mística reverencia hacia lo que la música representa en la valoración de la mente humana. Y pienso que este acercamiento reverencial no estaña provocado fundamentalmente, aunque también, por esa milagrosa precocidad su primera composición la hizo cuando tenía Seis años; a los ocho escribió su primera sinfonía; a los doce, una ópera-, sino por esa misteriosa disociación que, salvo pasajes aislados en alguna de sus obras, supo establecer entre su siempre desgraciada -a veces trágica- experiencia vital, y la música que él creaba. Creo que este es el rasgo más característico de Mozart. Sin querer entrar en los aspectos estéticos que podrían definirle, en cuanto a su clasicismo, a su estilo galante, a su ore figuración del romanticismo que había de llegar años después de su muerte, se diría que en Mozart hubo dos naturalezas antagónicas: la terrena y la musical. Por la primera pasó como accesorio inevitable de su corporeidad, y evidentemente en ella decisiva su experiencia de niño prodigio. Algo de ello, aunque muy exagerado y deformado, se refleja en esa, por otra parte, estupenda película que constituye esencialmente el más acabado estudio sobre la envidia: "Amadeus", de Milos Forman. Mozart era ciertamente algo bohemio, algo caprichoso, algo orgulloso de su propio valer, algo dilapador, y su personalidad debía ser un tanto difícil de tratar; debió ser durante toda su corta vida como un caprichoso niño grande; pero en lo musical Mozart se transfiguraba y supo crear la música más perfecta que se pueda nunca imaginar. Esa fue su auténtica vida, la auténtica y única razón de su existencia humana. Si quisiéramos hacer un análisis de su trayectoria creativa, nos encontraríamos que, para comenzar, Mozart aparece como el último representante del antiguo régimen musical como el refinadísimo autor de obras ligeras y galantes. Pero sería fatal sentirse seducido sólo por este aspecto, si ello condujera a fijarnos solamente en este tipo de obras como consecuencia de la imagen estereotipada de niño prodigio de Salzburgo, que está tan ampliamente propagada. Porque a poca atención que pusiéramos, bajo esta capa de música simplemente atractiva y. si se quiere, algo superficial dentro de su perfecta belleza, descubriríamos un mundo punzante; hay con frecuencia una gravedad, un patetismo inquietante que nos puede sorprender. Bajo la capa de galantería nunca abandonada por Mozart, se puede adivinar la tragedia y profundidad de Beethoven, la armonía y apasionamiento del romanticismo, casi los abismos de Wagner o las irisaciones de colores fríos de Debussy. Sin embargo, sería un error pasar de un extremo expresivo a otro diciendo que en el segundo aspecto enunciado está el verdadero Mozart. El simple examen de la cronología de sus obras nos mostraría que Mozart simultaneó durante toda su vida ambos aspectos, incluso que figuran ambos del brazo en una misma obra, y de ello habría múltiples ejemplos. La sorprendente conclusión es que para Mozart la música era no sólo la vida misma, como plasmación de su experiencia vital, sino la huida de la realidad, como evasión de esa triste experiencia personal hacia dos aspectos tan dispares. Es que los dos son mozartianos simultáneamente, con igualdad de derechos el uno y el otro. Por esta independización que el músico establece entre las duras condiciones de su vida y lo que plasma en su música, que sin duda es el rasgo más característico del salzburgués, cabe decir que Mozart ES la música. No interpretaba música, no componía música, sino que él mismo era la música; porque, por ejemplo, resulta que Mozart no se ponía nunca a escribir una obra si antes no la tenía toda ella, hasta en sus más mínimos detalles, organizada y fijada en su cabeza, de tal modo que sólo entonces tomaba papel y pluma y se la autodictaba a sí mismo, sin enmiendas, vacilaciones ni raspaduras. Así sus manuscritos son pulcros, sin una sola tachadura, como si hubieran sido copiados de algo ya preexistente. Y esto en las 626 obras que compuso durante sus solamente treinta años de vida creativa, de los 35 de vida terrenal que tuvo. Un auténtico milagro, como decía al principio, porque todas estas obras son verdaderas obras maestras; la mediocridad no se da en ninguna de ellas. Acercarse a Mozart, es como acercarse a algo que se podría romper con nuestra tosca proximidad. Por eso no habíamos hablado hasta ahora de él; no nos habíamos atrevido, pero el "Amadeus" de Milos Forman ha sido el detonante para que lo hagamos.
30 oct 2015