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Colaboradores: EN MI OPINIÓN. Don José
EN MI OPINIÓN. Don José Por André Aberasturi No era normal que además de los tabloides a todo color anunciando las rebajas del hiper, la publicidad de un fontanero a su disposición las 24 horas del día y de una pegatina con el teléfono en rojo de una empresa que arreglaba toda clase de vídeos y televisores en 48 horas, José Plácido de Arimatea López tuviera en el buzón algún sobre más que el de la Caja de Ahorros y el del Banco Hipotecario cada seis meses. Porque a José Plácido de Arimatea López no le escribía nunca nadie. Ni a él ni a su señora que desde que era una adolescente se ponía roja como una sandía cada vez que alguien que no fuera del entorno se dirigía a ella. La verdad es que José Plácido de Arimatea López llevaba una vida tranquila: tenía un puesto fijo , un suegro al que seguía tratando de usted y dos hijos -el y ella- que no daban ningún problema. Por eso, cuando aquella mañana vio aquel sobre en su buzón, volvió a leer el nombre del destinatario, no fuera que le hubiesen confundido¨Sr. D. José Plácido de Arimatea López. Era él; era su nombre y la dirección de su casa y hasta el número y la letra de su piso. Se la guardó en el bolsillo y corrió con cierto disimulo para que no se le escapara el autobús que le depositaría en la boca del metro que le llevaría hasta el barrio en el que tenía su trabajo en una centenaria compañía de seguros y reaseguros. Después de saludar con un buenos días a todos, sacó la carta y abrió el sobre con un cierto cuidado. Era de una multinacional de tarjetas de créditos y le ofrecían la oportunidad de suscribirse en el plazo de un mes sin tener que pagar la cuota de entrada. Firmaba la carta nada menos que el director general para Europa de la famosa multinacional. El problema es que su nombre aparecía en todas partes. De entrada el presidente para Europa de la multinacional se dirigía a él llamándole estimado señor Arimatea López y a continuación mostraba su extrañeza porque, una vez consultados sus archivos, se habían dado cuenta de que no era titular de un lujo -al de la tarjeta- únicamente reservado para gentes como usted, señor de Arimatea. A José Plácido aquello le dio como un escalofrío; ¿cómo demonios se había enterado el director general para Europa de que él existía y, encima, no era titular de su tarjeta? Siguió con la carta en la que se le iban enumerando las ventajas de ser titulara de la misma y a la vez los asombros de que aun no estuviera como tal en sus archivos. Con nuestra tarjeta -le decía el director general para Europa- podrá salir los fines de semana, sin necesidad de llevar dinero encima, a descansar o hacer turismo tras unas jornadas de estresante trabajo. También se preguntaba el director general para Europa cómo era posible que alguien que no para de hacer viajes de negocios como es su caso, señor, de Arimatea López siga aun sin utilizar las ventajas de nuestro exclusivo club. Lo que sin duda don José Plácido ignoraba -y por eso se lo aclaraba en la carta el director general- es que, además , tenía la posibilidad de sacara dinero en efectivo en una red de cajeros que cubrían prácticamente todo el mundo. Y una cosa más, señor de Arimatea, los recibos de sus gastos se los podemos mandar a su domicilio o directamente a su despacho. Lo malo de José Plácido de Arimatea es que no tenía despacho, solo mesa de auxiliar. Tampoco hacía viajes de negocios a pesar de que habría aprendido inglés por correspondencia y en cuanto a los fines de semana, la verdad es que alguna vez se iban a la sierra u se hacía una paellita. No. No era el hombre que creía el director general para Europa; quizás lo hubiera podido ser si lo críos hubieran tardado más en llegar, si en la empresa hubieran valorado sus esfuerzos para aprender inglés por correspondencia y si la vida, en general, no se hubiera empeñado en ir siempre en dirección contraria a la suya. Pero ¿cómo explicarle todas esas cosas al director general para Europa que había tenido la amabilidad de confundirlo con un triunfador? Rellenó cuidadosamente las casillas de la solicitud y esperó pacientemente a que llegara su tarjeta. Hoy don José Plácido de Arimatea López lleva una de esas carteras de bolsillo que de pronto se despliegan y son como una acordeón rota en la que van apareciendo todas las tarjetas de crédito que en el mercado hay. Desde que recibió la primera, se sucedieron las cartas de todos los directores generales para Europa de todas las multinacionales y José Plácido de Arimatea López es hoy titular de cuantas existen. Apenas si usa la de la Caja de Ahorros y su señora la de los grandes almacenes, pero cada año paga religiosamente el alquiler de las otras por unos servicios que nunca solicita. En el fondo es un dinero que no le duele porque cuando se pone chungo, cuando la soledad gris se le apodera y cae en la cuenta de que la vida son los otros y que los boleros de los Panchos mienten más que cantan, entonces José Plácido de Arimatea López saca de un cajón secreto todas las cartas que todos los directores generales para Europa le han escrito, despliega su cartera acordeón y sonríe y llora dulcemente hasta que le avisan de que es hora de cenar.
30 oct 2015