El primero, Vigo, donde dos compañeros de profesión y junta de asociación —José Carlos García y Miguel Merino— mueven y remueven todo lo movible para que rueden los engranajes de la “sociedad de la información y el conocimiento”.
Para allí nos llaman. Nos reúnen en Bouzas, en las instalaciones diáfanas de la Zona Franca. Desde ellas vemos cómo, cerca, se forman filas interminables de coches recién fabricados que van a embarcar. Y cómo, a lo lejos, las islas Cíes recuerdan que estamos en el Finis Terrae donde el mar es ya un todo, que todo envuelve.
Sabiendo que desde que el hombre es hombre mandaron la información, el conocimiento y su gestión, hablamos, discutimos, definimos y escribimos:
El objeto de nuestra reunión es lo que nadie se atreve a llamar “racimos de empresas” porque estamos en tierra de vino; son los clusters que, sin embargo, en otras tierras de vino y habla inglesa (Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica, California) no se confunden con cámaras de viticultores ni, mucho menos, pandillas de negociantes borrachos.
Pero en España, colegas, somos así de acomplejados…
Tomamos posturas sobre los “clusters del conocimiento”: agrupaciones para la cooperación en los campos del saber y del cómo transmitir lo aprendido. Ahí tiene una función clave la telemática, como la tiene en el comercio electrónico.
Ahora que nos van dejando de abrasar los periodistas con tanto B2B y B2C, afloran las herramientas informáticas y las redes de soporte de los servicios. Y lo mismo pasará con el knowledge management que, por suerte –porque es difícil de pronunciar— va a salvarse en su versión latina: gestión del conocimiento.
Lo gestionaremos no de manera intangible, etérea, protoangelical, sino a fuerza de técnicas. Andan por ahí teóricos con pocas lecturas y ninguna experiencia haciendo sonar maracas que podrían inflamar de nuevo la codicia de inversores insensatos. Pero quizá llegue a puerto esta nueva aventura profesional porque fue demasiado larga la caída de las “punto com” y nadie está para encajar golpe tamaño en otra actividad emergente…
Otro viaje nos lleva a una villa aún más fronteriza que la ciudad de Vigo: a Olivenza u Olivença.
El viaje incluye un paso intermedio por Madrid, y en el avión charlamos con José María Vázquez Quintana.
La charla tiene que ver con el fenómeno de suburbanización que complica los servicios telemáticos en la Iberia Verde.
No es cierto que agricultores, silvicultores y ganaderos vayan a demandar grandes velocidades de transmisión en los accesos a la Internet, pero sí lo es que ya las demandan profesionales que gustan de vivir en la aldea, en la urbanización selecta o tal vez en la casa remozada de sus abuelos.
Alrededor de las ciudades del norte rico en agua se extienden manchas de población a las que el TRAC les parece una burla, cuando usan el GPS y el GPRS (donde la cobertura lo permite).
Y los gobiernos autonómicos de esas tierras húmedas quieren que, aparte de los vecinos ilustrados del rural, las dependencias municipales y las escuelas cuenten con la posibilidad de conectar ordenadores a la red de redes…
Las soluciones técnico-socio-económicas que se barajaron sobrevolando ásperos paisajes castellanos tienen contraste frente a una muestra lujuriante de verdes del sur, extremeño-alentejanos, entre olivas, encinas, alcornoques y palmeras.
En un lugar de ortografía dudosa, nuestro colega Jaime Grajera da la solución de la Junta de Extremadura: LMDS. Al lado español de la raya seca, en Ayuda o Ajuda, Jaime marca sueños de extremeño consciente: sólo el conocimiento evita el subdesarrollo y su Junta programa redes para un ordenador por cada dos puestos escolares.
Ojalá. Quiera la diosa Fortuna, llena de caprichos, que tierras de tan buen comer y beber (excelentes sus mezclas de tempranillo con cavernet sauvignon) vean al mocerío gestionando mucho conocimiento con el apoyo de infinitos servidores de la web…
El tercer viaje de estas andanzas tenía como objeto entrar a fondo en el sistema de promoción de la innovación en Francia; o, más precisamente, en el Noroeste francés, región regionalizada y desnacionalizada, que incluye tan clara nación –en agonía— como la Bretaña.
De paso hacia destino, París nos sorprendió una vez más por sus adelantos: allí se puede ver el futuro de Europa, continente musulmanizado de cristianos. Por las calles parisinas son tantos los rostros oscuros que el viajero llega a preguntarse si la France centralista, asesina de culturas periféricas, será capaz de asimilar en su uniformidad francófona el flujo avasallador de gentes que huyen de las antiguas colonias neocolonializadas.
Como una alegoría de lo que pretende “le facho” (el facha) Le Pen, van limpiando Nôtre Dame. Debajo de una piel que lo ensombrecía surge un monumento blanco, albo, apenas tenuemente coloreado en su portada…
Francia ardía a nuestro paso. Inflamadamente, todo era “sauver la démocratie” mientras muchos se preguntaban si es –o no— típicamente francés cerrar los negocios en viernes y prohibir la entrada de mujeres en los bares.
En Nantes, en el recinto donde la innovación era materia de muestra tangible, telemática, la vista sólo distinguía franceses vulgares, de tez clara y ropa común, quizá comprada en Zara, que tiene una más de sus infinitas tiendas sobre la línea del silencioso tranvía que lleva al recinto ferial.
Visitando la casa-museo de Jules Verne, quien gozaría inmensamente con los inventos de hoy que él soñó, uno se pregunta si semejante visionario llegó a prever esta Francia donde la melting pot de los yanquis tampoco funciona.
Pero Francia es mucho de lo que fue, todavía; y Le Pen representa un estupor de aquel pasado borbónico y napoleónico que gestó la destrucción de España, a la que no dejó levantar cabeza desde la guerra de la Independencia hasta la de Cuba.
Francia, nuestro mayor socio económico, daba en Nantes a los viajeros españoles una lección de su cara buena. Mostraba su empeño por aprovechar sinergias para innovar.
Los franceses cultos saben que la grandeza de las culturas se sustenta sobre el excedente económico; que ese excedente surge de la capacidad de las empresas para competir; que, en la lucha darwiniana de la nueva economía –que es la vieja con conocimientos gestionados—, impera un lema absoluto: innovar o morir.
Francia, compañeros, tan ciega de orgullo, va siempre por delante.
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