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“Los españoles no investigan, dejan que se les sirvan las técnicas en bandeja”

La azafata, por orden de quien mande en Iberia exigió en castellano que los teléfonos móviles fuesen “totalmente desconectados”; y en inglés horrendo (de española que estudió idiomas ajenos poco y mal) sólo pidió que fueran “disconnected”, no “fully disconnected”.

Cuando salíamos del avión no resistí la tentación de preguntarle si un teléfono móvil podría estar “parcialmente desconectado”. La cosa acabó en conversación amena con la tripulación y reconocimientos por parte del comandante y los suyos de que no sabían por qué razón científica la compañía los obligaba a temer por los efectos de los teléfonos móviles sobre los sistemas electrónicos de abordo.
Juro que me esforcé por ser didáctico, pero, aún intentando explicar claramente lo poquito que conozco de esas cosas, apenas conseguí sembrar dudas en aquellas almas aterradas.
Sí me tuvieron que admitir que, entre cientos de pasajeros, siempre hay alguno que se deja el móvil encendido y, a pesar de tan terrible amenaza (y de la incapacidad de detectar el maldito transceptor radiante perdido por cualquier cartera, bolso o chaqueta), normalmente los aviones aterrizan sin azar...
Una vez más, colegas, desde estas páginas invito a nuestro colectivo profesional a que se manifieste como lo está haciendo, con Adrián Nogales al frente, a respecto de la epidemia de cáncer caprichoso que causan las radiaciones —no ionizantes— de las bases de radiotelefonía.
¿Por qué nos callamos con relación a la incertidumbre de los pilotos de aerolíneas? ¿Es que sabemos de la materia menos que ellos?
Bien: en ese vuelo yo venía de Madrid. De un Madrid que sigue siendo el mío, pero que ya no lo es; y me explico:
Es mío porque, en negocios de innovación, me fui a encontrar con Mulet, que dejó la Escuela (la Primera y Principal) para siempre; y con Ortega, que vuelve a ella. Con Figueiras, que me echó un rapapolvos del que hablaremos; y con Narciso, que no necesita apellido porque es el hijo de don Narciso, inolvidable Señor de los Campos Electromagnéticos.
Pero la Capital no es ya como cuando yo era estudiante, porque en su metro no todos somos españoles, ni aparecen como personajes exóticos los paletos analfabetos de pana y boina que preguntaban por aquellas direcciones subterráneas tan bien cantadas en los letreros. La miseria de Madrid no reside en chabolas del Pozo del Tío Raimundo (se llamaba así, ¿no?), no es ya la de una España rural volcada al lucerío del Monumento al Centralismo que el Cerillita ferrolano acabó de montar, con Arco de la Victoria incluido.
Ahora las tripas de Madrid en noche de lluvia y taxis ocupados están llenas de negros (casi tal es su color), moros (tal su color cetrino), amarillos (no es así el color pero se le parece) y amerindios (que tienen color de bronce y ojos rasgados como los amarillos). A ellos se añaden otros personajes blancos (de piel rosada) que hablan cualquier espanto y uno se siente más en París o en Londres que en la patria del chotis.
En mi Madrid me encontré también a Ángel Viña, que se queja eternamente (y razonablemente) de lo difícil que es hacer empresa en estas provincias extremas, de gallegos desconfiados -como difícil resulta adelantar entre ellos intenciones de centros universitarios competitivos.
Y no faltaron a la convocatoria de COTEC otros compañeros, como José María Vela, con quien comparto cursos de formación sobre algo concreto: la telemática de encuentro entre empresas de un determinado sector. O sea, lo que es comercio electrónico efectivo.
Saludamos a Valentín Sanz Caja y hasta hablamos de los saltos de nuestra profesión en la Administración Central, que ahora nos abraza en todo un Ministerio de Ciencia y Tecnología.
Antes de separarnos -según indicaba más arriba- Aníbal Figueiras me recomendó “humildad” en los planteamientos de la escuela de Telecomunicación que se diseña en Coruña.
Aceptado. Y no os preocupéis, que estoy muy mayor pero la memoria, con todo, no me traiciona: aún recuerdo los fallos de base de la escuela de Vigo...
Bien: por aquí, ya sabéis, Carlos Casares se nos fue de viaje al País sin Retorno. Carlos era nuestro aliado literario, hombre de Letras convencido del valor de la telemática; que escribía todos los días una crónica con ayuda de ordenador y modem, sin parar de viajar; que echó a andar el proyecto de la web del Consello da Cultura Galega que presidía; que estaba viendo cómo poner textos de la Editorial Galaxia en modo web para el mundo.
A mí me rescató una novela de manos de piratas que la editaban sin declarar, y me la publicó diez veces; me dio el cheque más importante de mi vida de narrador marginal; y me defendió como un varón de las añagazas de extranjeros sin humor y de sus cómplices españoles, cuando me quisieron lapidar por haber escrito lo que me dio la gana.
Por aquí también, concretamente en Ferrol, tuvimos el encuentro de empresas españolas y noruegas del gremio, en relación con las compensaciones por venta de fragatas de Bazán (perdón, Izar) a la Armada de aquel país de los fríos limpios y marítimos.
Las cifras cantan: dos docenas de compañías noruegas y casi tres de españolas. Hicimos un programa y salieron unos ciento cincuenta encuentros.
¿Y qué va a resultar de tanto encuentro?
Negocios, sin duda, que los noruegos son metódicos como germánicos de estirpe. Y los españoles no investigan como ellos: necesitan que les den las técnicas servidas en bandeja.
Otras noticias: José Manuel Soto sigue en Telefónica (no volvió a la administración autonómica, como se barajaba) y está contento porque ganó el gran concurso de servicios de voz y datos de la Xunta. Enhorabuena, amigo.
Ahora queda (le quedará a Ignacio Otero) por resolver el drama del impaís con más núcleos de población de toda la Península Ibérica: ¿cómo llevamos hasta el rural la capacidad necesaria para acceder debidamente a la red de redes? ¿Y a quién se le va a encargar?
Se admiten apuestas. Unas siglas (malditamente inglesas) a las que apostar son las de LMDS, y Soto ya sabe algo al respecto. Pero hay más soluciones: una de ellas orbita a treinta y seis mil kilómetros de distancia, geoestacionariamente...
Bien: estalló la primavera. “Xa casaron os paxariños”, me dijo una paisana hace días. Y con la primavera, más Letras. Este año, las Galegas, dedicadas a un berciano ilustrado y genial, que, desde una celda de convento madrileño, supo entender España como civilización de culturas múltiples.
Fray Martín Sarmiento hubiera sido explosivamente feliz si llega a imaginar todo lo que hoy sabemos de comunicación.
Insisto en lo de siempre (los abuelos tenemos derecho a ser pesados): no hay Letras ni Ciencias. Sólo curiosidad intelectual.
Un abrazo a todos.