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“(...) En la España carente de reválidas y
preuniversitarios
vivimos un ambiente oscurantista (...)”

Vuelvo de viaje, de pasar frío, resfriado, y me encuentro con el mismo problema con que me marché: la ignorancia de los españoles sobre la física en que se basa la telecomunicación.

Salía yo con maleta, bolso y abrigos, y, mientras me dirigía al aeropuerto, iba intentando explicar algo tan básico como la dosis de radiación y sus componentes: densidad de potencia, superficie expuesta y tiempo. Hablaba por medio de un teléfono móvil con colgajo, el auricular al oído y el micrófono a medio camino hacia el transceptor.
Hablaba para una emisora de mucha audiencia en el impaís sin nombre fijo que unos llaman Galicia y otros Galiza. Se trataba, una vez más, de la espantosa plaga de cáncer que causan las antenas de las estaciones base...
Volví de viaje y no pude asistir a la reunión de junta de nuestra asociación —no por culpa del trabajo, como calculé, sino porque me dolían los huesos y me retiré a casa, de nuevo con el colgajo por compañero.
Gil Bernárdez, jefe de brigada conquistadora de un lugar para la AETG en la sociedad gallega, nos telerreunió y hablamos. Mientras tratábamos del susto falso de alcaldes que nada saben de física, uno de nuestros compañeros aguantaba un tumulto vecinal en Pontevedra. A lo largo de nuestra telejunta, otro contó las quejas de un vecino por una antena de Retevisión: se sentía atrozmente mareado por los efectos de un sistema radiante que no radiaba, sencillamente porque nunca había sido alimentado.
Pero la demagogia manda, colegas. En la España carente de reválidas y preuniversitarios vivimos un ambiente oscurantista. Algún ignorante, regidor de ciudad industrial del sur de Galicia (¿queréis más datos?) ya ha tenido la idea genial de concentrar todas las antenas en una sola, sobre un monte que dé cobertura al burgo loado en cantigas del Medievo.
Y, de momento, nadie le ha hablado de la potencia que tendría que radiar el transceptor portátil con que se valiesen los abonados al servicio móvil de telefonía; ni lo han advertido del tamaño de la batería necesaria.
En fin, señores: si para que volvamos a aprender leyes como la de Ohm hace falta retornar al pasado, volvamos (aunque sea con un general Cerillita —Franco para los ferrolanos viejos— en figura de cera).
Bien, ya que hablo de fantasmas del pasado, os comunico que falleció el Gliptodonte de la Alcarria, al que algunos hasta consideran gallego de verdad. Me enteré al llegar de los fríos nórdicos y no le mandé pésame a la Mercante (quiero decir, Marina) porque hace tiempo que no nos llevamos bien.
No soy muy vengativo, pero creo que uno debe luchar por la dignidad de todos defendiendo la suya.
Me queda por escribir una novela que titularé "San Marcos de Porcostela, memorias do grande hospicio". En ella saldrá el personaje de la locutora con la que ya no se sabía que hacer y fue enviada a entrevistar gallegos con un pié en el otro mundo. Y se hablará del madrileño pícaro (nacido en Galicia) que escribió dos grandes novelas y supo vivir el resto de la vida por cuenta de las glorias de su juventud.
En esa novela quizá se cuenten "amores intereseiros" y la génesis de plagios burdos con los que quedan en ridículo cuantos aplaudieron las bufonadas de quien se burló de Galicia, de los gallegos y del idioma que, surgido en Galicia, dio piezas literarias merecedoras de algo más que un premio Nobel.
No soy rencoroso, pero no quiero perdonar el abuso del que, valiéndose de su condición de escritor del régimen (véanse fotos de ministros llevando el ataud), me llamó "ladilla vicetiple" en primera página de un periódico que le jaleaba las gracias.
Dio muestras de falta de humor propias de un imbécil.
Tanta gloria se lleve como paz nos deja...
Y —ahora en serio— vendieron Intelsis, a unos italianos. Que pagarán en euros, moneda de casi todos los europeos. El problema, amigos, no es gallego, sino español. Estamos en lo de siempre: no tenemos capacidad de hacer empresa que diseñe y fabrique. Multiplicamos las escuelas para no ser capaces de generar empresarios (de nuevo, la memoria de Gerardo García Campos, que insistía en formar gente de empresa con conocimientos de telecomunicación).
Esta fue otra noticia que me llegó con retraso, quizá porque ando demasiado por fuera —buscando alianzas para hacer empresa dentro.
Anduve una vez más por Noruega, siempre en la nieve: blanca en los jardines, marrón en las aceras, negra en las calles. La nieve en Noruega, donde el invierno ayuda a concentrarse sobre lo intangible, parece una alegoría racial: los países escandinavos no se libran de la invasión. Las pieles níveas —róseas con el frío— de sus primitivos habitantes dejan paso a las moreneces de africanos y asiáticos, de mediterráneos y amerindios.
Trabajar en detalle asuntos telemáticos no impide observar a la gente, y llama la atención tanto niño boliviano o bengalí adoptado, tanto taxista somalí, tanto dinero destinado a mezquitas mientras los ancianos noruegos no tienen quien los cuide.
El país traumatizado por la desventura vital de Knut Hamsun sufre las consecuencias del monstruo que el literato integral admiraba (como tantos noruegos de su época). Hitler hizo desaparecer a seis millones de judíos —europeos viejos, como los cristianos— y, a consecuencia de tanto horror, ahora la Europa despoblada ya cuenta con trece millones de musulmanes (por no contar a los inmigrantes animistas) que nada tienen que ver con la vieja superpatria continental...
En Noruega traté ideas que andan también por Galicia. La empresa del breve nombre, R, piensa a la noruega en ciertos aspectos. No hace mucho que algunos de sus directivos —entre ellos, Francisco Rodeiro— nos explicaban su evolución, desde empresa "de cable" (mala traducción, y no de R sino de todos los colonizados que hacemos España) a "ASP" (en crudo inglés).
La telemática se debate hoy en un enfrentamiento de ideas sobre el que todos tenemos razón. Se insiste en que la máquina es la red. Y así es: ya no vale la informática. Pero, ¿dónde ponemos los límites físicos y legales de los sistemas compartidos?
Bien, y (perdonad por la manía de viejo) concluyo preguntándome sobre el código y la coherencia:
No hace mucho oí a un compañero hablar de una "granja de servidores". Cualquier castellano-pensante imaginaría un sitio para criar criados, de esos que ahora se traen de Filipinas o de las Antillas.
Pero no: se refería a un sistema informático que os dejo adivinar...
Abrazos desde Ferrol, con una fuerte sudoestada, viento que los marinos llaman de travesía: de retorno desde nuestras Américas.