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"Hoy comamos y bebamos
y cantemos y holguemos,
que mañana ayunaremos.
Por honra de Sant Antruejo
parémonos hoy bien anchos,
embutamos estos panchos,
recalquemos el pellejo.
Que costumbre es de concejo
que todos hoy nos hartemos
que mañana ayunaremos"

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Música, máscara y vino
Hermosa cancioncilla, ésta de Juan de la Encina (1469-1529), que muestra bien a las
claras el despliegue de buen vivir con el que sus paisanos de la época se enfrentaban
durante los días del carnaval al triste presagio de los rigores cuaresmales, simbolizando
en la práctica la eterna pugna humana entre los goces y las penalidades de la existencia.
Para esta crucial batalla todos los trucos son buenos, cualquier pretexto es aceptable.
Santos apócrifos, como este Sant Antruejo (algo así como San Atracón), o
costumbres asumidas (de concejo), todo vale para justificar ante la autoridad
una relajación de las represiones cotidianas, aunque haya de ser bajo promesa (que
mañana ayunaremos) de una inmediata vuelta al orden (¿natural?).
Hoy día, al menos para las partes más acomodadas de nuestro mundo, las represiones
alimentarias no son ya, afortunadamente, las más acuciantes, pero otras muchas nos acosan
y, allá donde se conservan, las músicas, las máscaras y las libaciones carnavalescas
siguen dando pie a pequeñas, pero gozosas, escapadas de tantas rigideces y ataduras
impuestas por los roles y las servidumbres sociales. Con la ayuda desinhibidora de la
música y del vino, la máscara ha facilitado desde siempre dos maneras distintas, pero
ambas liberadoras, de una expresión inusual. En su forma más cerrada, el disfraz que
oculta la identidad del enmascarado le permite (con voz de falsete) abordar a propios y
extraños, superiores e inferiores, con palabras y comportamientos severamente reprimidos,
y no por ello menos auténticos o deseados, en la rígida realidad cotidiana. En su forma
más vistosa, el disfraz que no oculta sino que transforma nuestras imágenes
normales nos permite ser otros sin dejar de ser nosotros mismos, en una
especie de metamorfosis con la que salimos, por un paréntesis temporal, de nuestras
estrechas y limitadas personas (personajes), intercambiando sin mayor riesgo nuestros
papeles de ricos/pobres, jóvenes/viejos, hombres/mujeres, corrientes/extraordinarios.
¿Quién, si es sincero, no reconoce querer alguna vez otra vida?
Otras bebidas con mayor potencia estupefaciente, suelen sustituir en estos tiempos al vino
acompañando a músicas y máscaras. Y, sin embargo, ninguna como el vino excita tanto y
de tantos modos la vista, el gusto y el olfato, ampliando y alargando la participación de
los sentidos en la fiesta sin tener que llegar hasta el sopor. No es, desde luego, el
bullicio de un baile de carnaval el ambiente más propicio para apreciar las sutilezas de
grandes vinos de autor. Los gustos populares, desarrollados desde hace generaciones,
aconsejan aquí vinos de expresión más directa, perfectos para despertar las entrañas a
la farra (de la panza nace la danza, decía mi abuela) y calentar el cuerpo en
las frías noches de invierno.
Probemos, por ejemplo, con recios vino de Toro, bien próximos a las tierras de nuestro
Juan de la Encina. Las buenas técnicas actuales los redondean ahora en las mejores
bodegas, sin hacerlos perder su fuerte carácter. Vinos con color y calor, monovarietales
de la uva tinta de Toro (tinta fina en Castilla, tinta de Madrid, tempranillo en Rioja,
cencibel en La Mancha, ull de llebre en Cataluña). Pueden ser jóvenes, oscuros y
amoratados, recién salidos de la última vendimia, como el Primero de Bodegas Fariña, o
el Bajoz de cosecha de la Cooperativa. O con alguna crianza, como el Camparrón 99, fuerte
de cuerpo, suave de madera y ligeramente tostado. No son únicos, hay más, todo es buscar
y catarlos.
Música, máscara y vino en honor a Sant Antruejo. Buena excusa, hoy como ayer. Danzad,
danzad, benditos. |