La
liebre del Acoso Moral en el Trabajo ha saltado y se ha puesto de moda; corramos detrás
de ella, y ahora. No se trata de una plaga sino de un avance social hacia la
dignificación laboral, puesto de manifiesto a raíz de numerosos trabajos de sociólogos,
psicólogos, psiquiatras y médicos, que data de estudios muy recientes en lo que se
refiere a un tratamiento específico del maltrato moral en el trabajo, si bien la
bibliografía encontrada guarda mayoritariamente relación con temas que afectan más a la
psiquiatría y la sicología clínica. O sea que si bien se habían detectado síntomas
neuróticos y morbosos como consecuencia de relaciones laborales impropias, a partir de
los años 70, solo ya en los 90 se entra de lleno en el estudio de los matices del
"acoso" propiamente dicho. Empezando por los países anglosajones y nórdicos y
siguiendo en Francia, para desembocar en España a partir de los libros de Irigoyen (1999
y 2001) y de Piñuel y Zabala (2001). Lo que ha motivado la consideración de la
problemática del acoso moral en el trabajo, junto con el estudio de cátedra
"Barómetro Cisneros" de la Universidad de Alcalá de Henares (2001),
subsiguiente y paralelo a otros estudios de la universidad de Estocolmo (Prof. Heinz
Leyman, 1996).
En este
asunto tan inabarcable, como todo lo relacionado con la mente humana, seguramente se han
aventurado conclusiones a partir de muestras parciales y evidentemente escasas y faltas de
coherencia. Sin embargo los informes resultantes guardan cierta lógica asimilable con la
realidad. "Para ese viaje no se necesitaban alforjas", pues después de tanto
estudio acaba por afirmarse lo siguiente: Para un importante número de los trabajadores
por cuenta ajena el acoso laboral es una pesada carga; a las víctimas se les pone la
carne de gallina con pensar en ir al trabajo; el acoso moral acaba provocando graves
problemas anímicos y físicos; se trata de un fenómeno habitual y consentido en el
trabajo pese a que con ello se reduce el rendimiento; tanto víctimas como verdugos son
una constante típica de la época y de determinados centros de trabajo, que propicia
indeseables bajas laborales y una movilidad excesiva...Consecuentemente en España algunos
sindicatos están organizando jornadas y seminarios alrededor de los Colegios médicos. A
la zaga va la Inspección de Trabajo y todavía más rezagada va esa Judicatura siempre
remisa y por detrás de los acontecimientos.
Repetimos,
es como una moda con toda la apariencia de ser novedosa, como si antes el fenómeno no se
hubiera dado y como si las normas de seguridad e higiene y las leyes laborales y sociales
promulgadas, al no especificar directamente los casos de acoso moral, no fueran
aplicables. Lo que dice muy poco de la eficacia de los laboralistas y del Derecho, pues se
enredan en formalismos por demás absurdos y discriminatorios, en vez de descender a lo
práctico y al fondo del problema, opinando sistemáticamente al margen de la razón y de
la lógica e incluso actuando a veces al margen de la ética y de la propia legislación
penal, sin ahorrarse implicaciones personales delictivas tipificables como una mezcla de
descarada prevaricación y palpables cohechos.
Lamentablemente,
como en todas las modas se sigue una tendencia prefijada por los modistos y limitada a
unos términos demagógicos que venden una idea aplicable al grueso de la masa laboral.
Corriéndose el peligro de solo dejar ver la chistera y nunca la gran variedad de conejos,
palomas, pañuelos y floreros que guarda dentro y, sobre todo sin descubrir los trucos e
intenciones del prestidigitador, que para la masa siempre serán puro esoterismo. En la
literatura y trabajos al respecto se aprecia cierta confusión de ideas casi limitadas a
la sexualidad, el feminismo versus machismo, y a presentar una serie de casos que solo
apuntan hacia personalidades siniestras en el acosador y simplistas en la víctima. Por
otra parte los objetivos se desvían hacia la adopción de mecanismos de autodefensa y
también a invitar a la reflexión y a dar consejos conformistas y reparadores, incluso
con avisos para evitar el peligro de pasar de acosador a víctima y viceversa De modo que
se plantea casi todo lo imaginable salvo un análisis del acoso moral en las facetas de
crimen y castigo y del método que esgrimen las empresas y organismos para mantener un
estatus fraudulento e intereses creados que constituyen el fondo de la cuestión.
Menos
mal que se atisba la próxima concepción de un diagnóstico útil para poder abordar el
problema y atacarlo de raíz, y que en algunos estamentos jurídicos empiezan a moverse a
tenor de insólitas por lo aisladas sentencias donde algún juez se ha
"arriesgado" a relacionar la legislación existente con el acoso moral,
recuperando una labor lamentablemente tan abandonada como útil de la judicatura como
sería la de ir abriendo surcos para la Justicia y dar ideas a sus parientes los juristas;
a partir de los condicionantes relativos a la buena fe, dignidad, corrección, etc.,
incluso responsabilidades penales en que pueda incurrir un superior en las relaciones con
sus subordinados laborales y sobre todo cuando se están ya relacionando numerosos casos
de enfermedades síquicas y suicidios con el concepto de accidente laboral. Aunque, está
visto, no hay ley que permita establecer un orden justo, ya que su aplicación suele
depender de multitud de leyes contradictorias, y de las polifacéticas interpretaciones de
cada juez o juzgado, y de los diferentes criterios que adoptan los tribunales según se
avanza en el nivel de los recursos e instancias forales y, finalmente, normas.
Pero
este comentario no va contra esos jueces tan remisos -cuando les conviene- ni contra esos
inspectores de Trabajo que se van por las ramas encelándose en la aplicación de normas
paradójicamente ajenas al fondo de las cuestiones laborales. Actores ambos que parecen
comportarse como esos árbitros de fútbol que, por sus insólitos errores, evidencian no
haber practicado ese deporte ni en los equipos infantiles de su colegio. Más bien se
trata de incidir en algunos matices de un tipo de maltrato moral insuficientemente
considerado y que precisamente afecta a los facultativos con mayores responsabilidades
empresariales, tales como los ingenieros de las grandes empresas y de la Administración,
de cuya situación personalmente puedo dar veraz testimonio.
A ese
respecto solamente he encontrado, emboscado en la bibliografía sobre el tema, el
fenómeno de los whistleblowers, que yo traduciría como chivatos o acusicas.
Y empecemos por aclarar que tendenciosamente se tacha de chivato a toda persona débil por
que se atreva a devolver las criticas, más que por revelar confidencias a sus superiores
jerárquicos en la empresa; actitud incauta y fácilmente censurable, por más que luego
el infeliz se arrepienta y cambie de táctica. Es el apellido otorgado a quien haya sido
excluido impropiamente de la toma de decisiones y en la participación de beneficios,
cuando por despecho trata de oponerse al núcleo duro de la empresa. Es todo el que obre
contra los métodos y estrategias de una empresa, o efectúe o simplemente amenace con
bloqueos y denuncias internas o externas la corrupción y las violaciones de la ley en la
empresa u organismo al que pertenece. Amén, nombre que se da a quien proteste de la mala
gestión y el despilfarro de medios o de la incompetencia de los mandos, de la invasión
de cargos políticos incompetentes para empleos de nuevo cuño, etc.,....Todas ellas
actitudes proclives para darse dentro de las grandes empresas y, sobre todo, en las
administraciones públicas, de las que algunas de ellas suelen resultar, quizás por
turnos e injustamente , cargadas con las peores tintas. Fenómeno que también puede darse
en las empresas de trabajo temporal y en las contratas de asistencia y servicios, dado el
excesivo estrés que sus actores conllevan y, a pesar del peligro que corren de despido
inmediato que entraña semejantes empresas y pese a la perentoriedad esencial del empleo
que este tipo de contratación laboral ofrece.
Generalmente
nunca se atiende a razones sino que se maltrata a los chivatos, marginándoles,
cambiándoles continuamente de puesto, de despacho y de ocupación o encomendándoles
varios y "urgentes" trabajos de forma que nunca los puedan concluir
satisfactoriamente, o encasillándoles en una tarea irrelevante y más rutinaria e
irrealizable que el mítico paño de Pandora. Se llega al insulto verbal y vejaciones
tales como la asignación de ocupaciones de mecanógrafo a un ingeniero no ya
labores de operador, lo que se justificaría por la apremiante necesidad, nunca compensada
correctamente, de introducir datos todo quisque en los actuales sistemas informáticos- ,
o simplemente desterrándole indefinidamente al ostracismo, dique seco que se permiten
grandes empresas y Administración. Consecuentemente hasta los compañeros más cercanos y
con los que se guardaba estrecha amistad se ponen en contra de toda víctima
propiciatoria, unas veces por no verse a su vez maltratados, lo cual puede ser
indefinidamente sobre todo en la Administración donde, como decíamos, el despido es casi
imposible y la desocupación una costumbre irrelevante, e incluso acabar siendo sustitutos
en el papel de cabeza de turco, o seguramente para que se les permita seguir desarrollando
la "industria" particular que les haya correspondido en el reparto de beneficios
del contubernio en que están interesadamente integrados. De suerte que la víctima no
cuenta con apoyos y, mientras, el maltratador así consiga adquirir el prestigio personal
necesario para acceder al mando en ciertas organizaciones verticales.
Desde
1998 existe en el Canadá asociación de funcionarios Federal Accountability Integrity and
Resolution Institute y, en los EEUU, el Government Accountability Project que da
protección jurídica y coordina con el organismo antifraude Federal False Claim Act,
continuador de instituciones medievales sajonas de protección de los denunciantes en el
entendimiento que los poderes judiciales y ejecutivos nunca fueron suficientes en las
labores de protección. En Madrid se ha creado una Asociación contra el acoso moral en la
empresa, al amparo del Colegio de Médicos de Madrid y de algún sindicato mayoritario.
Lamentablemente los asociados se dedican casi exclusivamente a lamerse las heridas
mediante la psicoterapia de grupo. Ofreciendo una lamentable imagen, confusa intermedia
entre víctimas y verdugos, en una actitud pasiva similar a la que muchas veces ofrecen
esos parados sin perspectivas de empleo; por lo general rehusan pleitear para
reivindicarse y declaran ingenuamente actitudes laborables culpables e inhábiles que
merecerían a priori no ya el acoso sino el desprecio y justificarían como mínimo la
pérdida de la paciencia de sus superiores. Lo que sin embargo quizás habría de
interpretarse como la manifestación subsiguiente a la degradación anímica consecuente
al maltrato sufrido Pero podría interpretarse también como una manifestación innata de
su personalidad perdedora. Con lo que en cualquier caso perderían crédito en un
enfrentamiento reivindicativo de sus derechos universales y el derecho a un trato digno, y
ya nunca podría acusarse de perversión a sus maltratadores sino solamente de falta de
paciencia los presuntos acosadores siempre podrían justificarse conque la obsolescencia
de la competencia y eficacia profesional de sus víctimas, debido a la falta de oportunos
reciclajes y a esa disminución de facultades físicas y tienen el derecho de evitar
actitudes de crítica y actuaciones destructivas de las estrategias y métodos de la
empresa, por parte de los afectados.
Pero
ello no justificaría de ninguna manera el acoso como método de hacer renunciar a un
puesto de trabajo y mucho menos como reivindicación personal de los superiores
jerárquicos ni como saneamiento de la masa salarial ni como medio de promocionarse los
unos a costa del descrédito y la masacre de los otros. Argumentos sobre todo rechazables
si se tiene en cuenta la existencia y la obligación de aplicar métodos de promoción
profesional y de mejora de la excelencia y del control de la calidad, como sistemas
prioritarios y legalizados, a adoptar para evitar el atraso de conocimientos y las
actitudes negativas, incluso la disminución de facultades, de todo tipo de trabajadores.
Sistemas que también resultarían ventajosos y adecuados a tenor de las nuevas maneras
recomendadas para mejorar los rendimientos en el trabajo y aumentar la productividad y,
sobre todo, consecuentes cuando se está planteando la necesidad imperiosa de solucionar
los problemas actuariales de las pensiones de jubilación.
En
conclusión puede decirse que en lo que afecta al chivateo en la gran empresa y en la
Administración, ante la dificultad de la prueba y el temor a los testimonios no debería
ni ser necesario, por lo general, más requisitos para la demanda que un informe o
intervención procedentes de médicos de empresa, inspección de recursos humanos o de
trabajo, sindicatos y compañeros insobornables y específicamente protegido su testimonio
o, en su caso, bastar con la confrontación oral de víctimas y verdugos, en presencia de
un mediador, y con el dictamen o peritación de las estrategias, procedimientos y
operaciones industriales y económicas de la empresa, para llegar claramente a la verdad y
finalmente sentenciar si se trata de un acoso o bien una simulación o simplemente
incapacidad y falta de buena disposición del presunto maltratado . Pudiéndose también
llegarse directamente a conclusiones ciertas mediante la adopción de una inversión de la
prueba, o sea exigiendo al maltratador que demuestre que realmente no se den precisa y
ciertamente las circunstancias denunciadas por el acosado.
En lo
que respecta a los Colegios profesionales no estaría de más tomarse en consideración
esta moda y seguirla tan de cerca como sea posible, secundando o colaborando con las
cátedras, asociaciones y sindicatos ya dedicados al tema, mediante una Comisión de
Malostratos Morales que analice y arbitre activamente las posiciones de los asociados y
colegiados comprometidos o afectados . Empezando por una encuesta abierta a todos los
puntos de vista y circunstancias. Analizando prioritariamente la fenomenología
caracterizada en los ingenieros de las grandes empresas y de la Administración. Encuesta
que sugiero para convocarse desde aquí y en este momento. |