Tengo que hablaros de lugares.
Primeramente de Vigo, donde me fui a encontrar con Alejandro Orero y Fernado Pardo; y con el primer compañero que ocupa un cargo referente a la profesión en el Consorcio de la Zona Franca de Vigo.
Allí convocó José Carlos García a un grupo de interesados y conocedores de las aplicaciones de las tecnologías de la información y la comunicación. Oímos a
Orero, sobre los negocios electrónicos con técnicas de telefonçia móvil, y a Pardo en funciones de presidente de la Asociación Española de Comercio Electrónico.
Lo de Alejandro marca futuro. Lo de Fernando mira a la consolidación del presente: en España, según estadísticas de la
AECE, se negocia al año por unos 80.000 millones de pesetas en modo web, pero se superan los 4 billones en IED
(EDI para colonizados) tradicional.
El reto de la comunicación de entre aplicaciones –y de la empresa expandida– es telemático. Hay que aplicar todas las técnicas de redes y de programación con metadatos (léase XML a la inglesa) para que se popularicen los sistemas que hacen más productivos la industria y el comercio en plena e imparable globalización…
Globalización, sí: “Europa como laboratorio de globalización” es frase oída en el encierro veneciano a que nos sometieron los responsables del programa marco de la Sociedad de la Información, entre ellos nuestro colega Jesús
Villasante, que me hablaba sin darse cuenta en un inglés fluido y pronuciado “orgullosamente mal” como recomendaría Eça de Queiroz (a quien ahora descubren en Madrid, con un siglo de retraso).
El e-2001 transcurre en un convento de Venecia, con patio, claustro y entrada onírica desde un canal, portal verdoso de agua y enrejado.
Por el claustro, los de Galicia hablan con los del Norte de Portugal y unos vascos miran curiosos el “Spain” de nuestras identificaciones. Explicamos que con los portugueses (ya lo decía Campomanes hace mucho) hay en común algo más que el habla, confusiva para los que –como los vascos– componen ideas en castellano.
Se oyen muchas hablas, pero todas conducen a una consigna, la que salió del “espíritu de Lisboa”: en el 2010 Europa ha de ser la primera economía mundial basada en el conocimiento.
Se suceden las sesiones, con intervalos de comida, algo de café y muy poco tabaco. Cuando podemos, escapamos por las callejas de la ciudad que se hunde, tal vez del peso de tanto japonés canijo que la observa con su mirar estreñido.
Todo gira alrededor del comercio electrónico, de la enseñanza electrónica, de la “inteligencia ambiental”. Rosalie Zobel anuncia casi 17.000 millones de euros para el próximo programa marco.
Nos citamos en Praga dentro de un año. Será allí el e-2002. Presentaremos los trabajos prácticos del año.
Adiós a San Marcos, no por revisto menos deseado. Jesús Villasante me da recuerdos para Fernando
Maristany, compañero de estudios…
Doy un salto a Trieste, en busca de la tumba de un antepasado de mis hijos, médico de la corte carlista en el exilio.
Trieste es una ciudad germánica. Fue la base de la flota de imperio austro-húngaro, metida al fondo del Adriático, rodeada de territorio esloveno.
Encuentro el “Palazzo dei Reali di Espagna in esilio”. Fue un fino edificio en el Lazzaretto
Vecchio. Hoy es algo como una escuela de informática con nombre atómico: Enrico Fermi. Allí vivió el médico que embalsamaría a Carlos V y que no podría salvar la vida de un hijo y una nuera reales.
Sigo. Voy al “Escorial de los carlistas”, la catedral de Trieste, donde –en la capilla de san Carlos Borromeo– yacen los restos de Borbones revoltosos: Carlos V, Carlos VI, Carlos VII y Juan III, junto a parientes menores, entre los que destaca Teresa de
Braganza, reina de la ambición y la beatería…
Voy al cimetero de Sant’Anna y encuentro la tumba del archiatra
reale, tatarabuelo de mi mujer -y, con pena de ser español, hijo de un pueblo zarandeado por las potencias europeas, me dispongo a viajar a Noruega.
En Noruega se me vuelve a demostrar el gran error español, la manía paleta de hacer empresa sólo en Madrid y Barcelona. Estuve en Halden y Stavanger, localidades difíciles de encontrar en los mapas.
Pero tengo testigos de lo que vi y hablé en la periferia de las periferias, de la simplicidad con que las famosas TICs se manejan entre hielos nórdicos, de la capacidad para inventar y después vender en tierras de poderosos, de avanzados, desde los Estados Unidos a Australia.
En Stavanger me encontré con Alfredo Gordo, nuestro compañero en la dirección de cooperación industrial de Izar.
Que hable él de lo que tratamos, porque yo cuanto de más.
De lo que tratamos con empresas noruegas y de lo que hablamos entre nosotros de viaje al fenómeno increíble del Púlpito, roca que mira la lámina del Lysefjord desde 600 metros de altura.
Descubrí en Alfredo un buen compañero de viaje, rico conversador, prudente en los juicios, dispuesto a llevar a cabo una misión en la que los dos nos hemos comprometido…
De retorno al Impaís gallego, me veo envuelto en algo más inmediato: una teleconferencia múltiple y en marcha. Preparamos la Noite Galega das
Telecomunicacións. Gil Bernárdez convoca por teleconferencia a la junta de la Asociación. Varios conducimos y hablamos. Salen nombres y se toman decisiones. El ingeniero del año va a ser Ramón Bermúdez de Castro, responsable de los negocios internacionales de
Televés.
Para mí es una alegría grande: Ramón se moría de morriña en Madrid cuando nos encontramos hace más de veinte años. Me lo traje a su Coruña y empezó a vender conmigo desde Hispano Electrónica, hasta que Televés lo atrajo con su oferta de hacer país por el mundo entero…
Bien. Alegre, me volví a marchar de viaje, a Póvoa de Varzim, a otra reunión europea sobre los observatorios tecnológicos, y a una feria en Oporto sobre la innovación.
Vuelvo para la tal Noite y me encuentro con caras queridas de Madrid: Gutiérrez Bueno, Nogales, Méndez, Martín
Badell.
La fiesta corre fácilmente, compañeramente, masivamente.
En la despedida, Ramón Bermúdez de Castro me da su nuevo destino: a Corea, a vender transmoduladores
QPSK/QAM.
Algún día me sentaré con él a tomar notas de su inacabable anecdotario de viajero de profesión; de convencedor de que en Galicia, además de madera, leche y pescado, también se produce electrónica.
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