Hoy estuve en Madrid, y llovía. Una hora y cuarto entre Barajas y la
ETSIT, y no quiero decir la cuenta de taxi
Llegué tarde y no pude ver a Fernando Sáez Vacas, pero estuve
hablando con Gregorio Fernández de asuntos informáticos. Anduve por la escuela con la
sensación con que retorno al instituto de bachillerato: esperando que, en cualquier
momento, la vida dé marcha atrás y podamos revivirla.
Ahora escribo en compañía de mi perro y mi nieta. El perro duerme y la niña ha decidido
tirar al suelo un montón de ejemplares del BIT desde el estante inferior de la librería.
Ahora les habla a las caras de los colegas y les da besos a su modo:
chupándolas. Muestra un especial cariño hacia Javier Nadal, supongo que por las gafas
grandes y las barbas que le recordarán elementos de adorno en la faz de su abuelo ...
Aquí, compañeros, seguimos como siempre, comandados por Gil Bernárdez y ayudados por
las telecomunicaciones para conseguir juntarnos y hablar.
Nada hay como la vídeoconferencia y esa sensación de encuentro que proporciona, ese
engaño cinematográfico de estar donde están los otros, algo que no se logra con la
multiconferencia telefónica (que también usa la junta de la AETG).
Siendo de la profesión, deberíamos convertirnos en apóstoles de estos medios que
ahorran viajes, gastos de combustibles fósiles que no van a llegar a nuestros
descendientes.
Aunque, claro, la gente también quiere juntarse, y tocarse lo cual viene siendo
terapéutico según los psiquiatras.
Por eso nos juntamos, y no sólo los residentes en este impaís atlántico.
El 24 de noviembre pasado se organizó asamblea y sarao anual de nuestra asociación y
vinieron a vernos los compañeros de Madrid presididos por Enrique Gutiérrez Bueno.
Yo llegué tarde a la gran junta de los telecomunicantes en la isla balnearia de los
potentados. Esa tarde viajé desde Celeiro en la costa cantábrica hasta A Toxa. Iba de la
sede de una cofradía de pescadores a un gran hotel, traía conmigo la sensación de lo
mucho que queda por hacer en materia de telecomunicaciones para la pesca cuando la radio
me asaltó con la noticia de un nuevo desastre: se había hundido un pesquero frente a la
isla de Sálvora y no se pudo saber de los náufragos hasta que algunos de ellos fueron
avistados.
A Toxa: mala noche para llegar, bajo el temporal. Y poco me faltó para quedarme en la
carretera, sobre A Gañidoira, alto de paso entre el Cantábrico y la Terra Cha lucense.
Allí se juntaron lluvia y niebla y, de repente, surgieron los espectros: caballos
salvajes cruzando en manada.
Ya sabemos que la Transcantábrica no va a llevar trazado por esa zona, pero algo habrá
que hacer para que nadie muera de tan primitiva forma, en choque contra bestias bravas del
monte...
Cuando conseguí estacionar el coche en los jardines del hotel, el reloj me indicó un
final de ceremonia y principio de cena. Y así fue, al menos en parte. Ya se habían
repartido los premios Gerardo García Campos a la gente joven; y no pude asistir a las
galanuras correspondientes a Secundino Mauriz, que manda en Airtel por estos territorios,
a quien se nombraba socio de honor de la AETG.
Pero no importa: Mauriz, leonés, gallego irredento y galleguizado, es un colega de
aventuras telemáticas por Galicia. Nos lo tomaremos en particular con vino. Y seguiremos
dando la batalla diaria para que la gente se entere de que las telecomunicaciones son un
instrumento asequible, que nos hace vivir mejor.
Presidía el presidente Fraga, y faltó la ministra Birulés (quizá avisada del temporal
sañudo). Fraga y Bernárdez hablaron, y es fácil que don Manuel tomase buena cuenta de
lo que le decía el presidente de nuestra asociación, porque el viejo político siempre
fue receptivo y consecuentemente activo en materias que nos conciernen.
Hubo cena lujosa y animación de grupo grande, que ya se cuenta por muchos cientos. Los
abrazos proliferaron cuando se fue disolviendo la etiqueta de comer. Una nostalgia de
tiempos idos nos hizo recordar a Ángel Luis Gonzalo y aquella primera reunión de dos
docenas de colegas en que se decidió crear un apéndice de la AEIT en Galicia.
Alguno de los fundadores sugirió lo que tendría inmediata aceptación: una cena de la
vieja guardia...
Aplaudimos el nombramiento de Javier Franco como ingeniero del año y, mientras el
temporal rugía y los cadáveres de los pescadores tocaban fondo (y sus familias
saboreaban la sal de la tragedia, una vez más), nos pusimos serios, in vino veritas:
Esto del sector no va bien en Galicia, porque sigue cojo, como cojo está por toda
España. Aquí no se fabrica circuitería en la mínima proporción necesaria. La empresa
de Esteban Solleiro sí produce equipos; como las empresas en que empeñara su vida
Gerardo García Campos. Se defiende Arteixo Telecom con los diseños que le mandan y surge
ante Italtel un reto de altura allá arriba en As Pontes, a la sombra de la chimenea
desmesurada de la central térmica de ENDESA.
Pero nada más. Esto no es como el sector textil, que nació de la nada, sin materias
primas originadas en Galicia ni otra explicación que la inventiva y las ganas de imitar.
Aquí no surgen fábricas de dispositivos de telecomunicación, y telecomunicar no es
sólo dar servicios o desarrollar programación específica para el ramo.
Allá van veinte años o más de asociación, no aparecen empresas de volumen
y sigue la emigración de ingenieros gallegos a esos agujeros negros que se abren,
voraces, en Madrid y Barcelona.
En el cincuentenario de la muerte de Castelao se puede decir que Galicia sigue en lo mismo
que él denunciaba genialmente. Sólo se ha progresado en sofisticación...
Y en el punto final, la respuesta a un compañero que me escribe y pregunta por qué,
usando el castellano en estas notas, escribo Coruña y no La
Coruña:
Porque es un galleguismo añadir el artículo que defienden los antigalleguistas.
Los castellanos no acostumbran poner artículos a los nombres de lugar, mientras que los
hablantes del romance galaico-portugués lo hacen frecuentemente. De ahí que o
Porto, capital del norte portugués, suene a oídos castellanos como
Oporto, que así escriben.
Soy partidario de a (con minúscula) Coruña en gallego y de
Coruña en castellano.
De hecho, en Burgos tienen su Coruña del Conde y a nadie se le ocurre llamarle La
Coruña, siendo el étimo Clunia igual para ambos topónimos, estepario y
marítimo, de la vieja Hispania de los romanos. |