La historia del vino en Argentina se remonta como en Chile a los
primeros tiempos de la conquista. Tanto para la misa como para la mesa, los colonizadores
exigían vino y, aunque ya las carabelas de Colón empezaron por transportarlo en toneles
y pellejos, pronto hubo intentos transplantar vides españolas aunque con pobres
resultados en las latitudes tropicales. No se desanimaron: en 1531 una real cédula
aconsejaba llevar vides y olivos a las Indias y ante la elevada mortandad de los esquejes
que hacían el viaje se llegaron a sembrar pepitas de uvas pasas, lo que originó una
proliferación de plantaciones de características incontroladas y escasa calidad. Aún
así los viñedos prosperaron bien en los climas templados al sur del virreinato del
Perú, hasta el punto de que los exportadores de la península intentaron, con escaso
éxito, prohibir la producción de vinos criollos, para defender sus intereses
comerciales.
La corriente viticultora peruana se extendió por tierras chilenas y desde allí atravesó
los Andes tras la fundación de Santiago del Estero, donde el fraile mercedario Juan
Cidrón plantó en 1557 las primeras cepas conocidas en lo que hoy es territorio
argentino. Desde entonces en toda la franja que transcurre al pie de la cordillera andina,
desde el Chaco hasta la zona septentrional de la Patagonia, se ha elaborado siempre vino,
aunque las dificultades del transporte por mulas y carretas limitaban su salida hacia las
zonas más pobladas de la Pampa y el Río de la Plata. Este panorama cambió
favorablemente a mediados del siglo XIX por dos acontecimientos decisivos: la
introducción por nuevos viticultores inmigrantes (sobre todo franceses e italianos) de
técnicas modernas y variedades de calidad, y el desarrollo del ferrocarril que permitió
la comercialización en gran escala hacia Buenos Aires y otros núcleos crecientes de
población.
Argentina es hoy el mayor productor de vino de las Américas, contando con viñedos
apreciables en Salta, Catamarca, La Rioja (¡qué casualidad!), San Juan, Mendoza y Río
Negro. Sin embargo más del 70% de la producción, y más aún si nos referimos a los
tintos, procede de la provincia de Mendoza, seguida por la vecina San Juan y por el resto
a gran distancia, predominando la elaboración de vinos blancos en el noroeste (Salta,
Catamarca y la Rioja).
Lo primero que salta a la vista si se pasea uno ante las estanterías de cualquiera de las
magníficas tiendas de vinos de Buenos Aires es la abundancia de marcas monovarietales
(vinos elaborados con una sola clase de uva) que resulta característica de gran parte de
las bodegas argentinas de calidad. Así, una buena selección de estos vinos puede
convertirse en todo un curso sobre los diferentes aromas y sabores que resultan de cepas
tan renombradas como las tintas malbec, syrah, cabernet-sauvignon, merlot, pinot noir,
barbera, sangiovese o tempranillo, y las blancas chardonnay, sauvignon, chenin, semillon,
torrontés, o riesling. Por contra, choca la ausencia de un sistema oficial de
denominaciones de origen, si bien hay un par de iniciativas de asociaciones privadas en
los departamentos mendocinos de Luján de Cuyo y San Rafael. Bruselas y sus controles
quedan muy lejos, como lo demuestra la alegre usurpación de términos como borgoña, o
champagne para etiquetar vinos locales de esos tipos.
Entre toda esta variedad es destacable la especial adaptación a los suelos y climas
argentinos de la uva malbec, originaria de la región francesa de Burdeos, donde suele
constituir una componente menor de los coupages (mezclas) mientras aquí da lugar en
solitario a vinos en los que alcanza su máxima expresión.
En el mercado internacional la marca más conocida es probablemente Trapiche. Esta bodega
mendocina, fundada en 1883, comercializa actualmente buenos vinos varietales de malbec,
cabernet-sauvignon y chardonnay, cada uno de ellos en dos versiones: jóvenes y criados en
roble. También de Mendoza, pero más difícil de encontrar fuera del país, puedo
recomendar, porque acabo de beber mi última botella, el excelente cabernet reserva del 94
Luigi Bosca, un tinto con cuerpo donde se juntan bien los aromas de la madera con los
propios de esa variedad, ésos que los manuales describen como recuerdos de pimiento
verde, pero que aquí son más cosas (frutas, especias, cuero
) sacadas de
vides con más de 40 años.
Dos cosas más cabe añadir antes de terminar. Una, que será poco probable que entren en
España muchos de estos vinos mientras la inflación y la equiparación actual del peso al
dólar sigan haciendo que cuesten al cambio algo así como el doble que los de aquí.
Otra, que no se encuentran en Argentina más que libros de adorno (de ésos con muchas
fotos en papel satinado y precio absurdo) sobre sus vinos. Si yo fuera editor publicaría
ya alguna guía decente. En un país tan aficionado al vino y a la lectura no creo que
faltara demanda.
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