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Chile sin ir muy lejos [Libros][Multimedia] [Jazz y más]
¿Era Pío Baroja quien decía que el carlismo se curaba leyendo y el nacionalismo viajando? Se puede estar más o menos de acuerdo con el fondo político de esta broma, pero es indudable el beneficio de poder ampliar con lecturas y viajes las experiencias y sensaciones limitadas de nuestro medio local. Probablemente sea lógico por pura saturación que en países con tanta historia y riqueza vinícola como Francia, Italia o España no sea fácil conocer muchos vinos extranjeros a menos que se recurra a estos viajes barojianos, ya que las lecturas no pueden más que ilustrar para la cosa de la cata. Lamentablemente resulta también difícil si no se es rico y ocioso ponerse a buscar botellas autóctonas recorriendo uno a uno los países. Quizá el comercio electrónico venga a arreglar esto pronto, pero viajando sólo un poco existe ya un sucedáneo gracias a lugares donde los buenos aficionados no tienen vinos propios que atender y no les queda más remedio que traerse lo mejor que encuentran en calidades y precios desde cualquier parte del mundo (¡pobre gente, sin identidad y sin raíces!).
La historia del vino chileno tiene dos fechas clave: 1541 cuando los colonizadores españoles llegaron con las primeras vides, y 1850 cuando, huyendo de la filoxera que durante el medio siglo siguiente arrasaría viñedos por todo el mundo, se estableció tras la barrera protectora de los Andes una generación de viticultores y bodegueros europeos. Así Chile es hoy el único país donde las vides viníferas crecen habitualmente sobre sus propias raíces, sin tener que injertarse sobre pies americanos resistentes a la plaga. Esta generación revolucionó el viñedo chileno introduciendo métodos franceses, los más avanzados de la época, y nuevas variedades francesas y alemanas (blancas). Una curiosa reliquia de esa época ha sido el descubrimiento reciente de abundantes cepas de una variedad tinta francesa (carmenère) que se creía extinguida por la filoxera y que en Chile se venía confundiendo y mezclando con uvas de cabernet franc. Ahora se elaboran ya vinos varietales de carmenère y se piensa que puedan llegar considerarse característicos del país, como casi está ocurriendo con los de malbec en Argentina o los de sauvignon blanc en Nueva Zelanda.
Por razones climáticas los viñedos chilenos se sitúan, como la mayor parte de la población, en la zona central del largo país (Santiago, Valparaíso, Concepción), con unas 80 viñas registradas en valles que se agrupan de norte a sur en nueve regiones: Coquimbo, Aconcagua, Casablanca, Maipo, Rapel, Curicó, Maule, Itata y Bío Bío. Chile destaca hoy por sus tintos, aunque hay también blancos apreciables, como los de Casablanca y Curicó. Por cierto que un derivado de éstos es hoy el aguardiente nacional del país (en disputa con los peruanos que dicen ser sus inventores), el pisco, cuyas mejores marcas provienen de la destilación de moscateles del norte.
Entre las bodegas tradicionales chilenas puede señalarse como bastante conocida en Europa la de Concha y Toro, sobre todo por su cabernet-sauvignon Casillero del Diablo (bajo esta marca hay también tintos de merlot y blancos de chardonnay y de sauvignon blanc). Pero también se producen interesantes "vinos de autor", destacando últimamente el Caballo Loco de bodegas Valdivieso (valle de Lontué en Maule), que rompe con las normas de etiquetar con el año y con las variedades, para hacer sus propios coupages (llamados Nº 1, 2, 3 y 4) con distintas combinaciones de años y de uvas. El Nº 4 indica el más complejo, con aromas intensos y muy evolucionados (recordando a humo, cuero, cacao, confituras…).
Pero todavía más cerca, en algunas tiendas bien surtidas de por aquí, existe una buena oportunidad de encontrar vinos chilenos, gracias a que desde 1980 el bodeguero catalán Miguel Torres ha ido adquiriendo terrenos e instalaciones en Chile, contribuyendo de paso a la modernización tecnológica de las viñas y bodegas del país. Las marcas chilenas de Torres se comercializan también por aquí, aunque no en abundancia. Son los tintos Santa Digna, Cordillera y Manso de Velasco, y los blancos Santa Digna, Don Miguel, Maquehua y Bellaterra. Por algo se empieza.
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